categoría: Hay una chica en mi sopa

Elijo disimularlo

No he nacido para sonreír. Eso no quiere decir que no sonría de vez en cuando. Digamos que es algo que no se me da tan fácilmente. Cuando voy a un lugar y no conozco a las personas que están ahí, me significa un mínimo esfuerzo (o veces no tan mínimo) por mostrar amabilidad y fingir que estoy contenta. Soy una especie huraña. No me gusta estar con gente, incluso si esta gente es mi familia. No siempre me gusta ver a mi familia. La quiero, pero la mayor parte del tiempo la quiero más cuando no está conmigo. Quizá por eso también cada vez tengo menos amigos. Conservo unos cuantos. Los demás m[...]

No te comas lo que es mío

Aunque muchos adultos no lo quieran admitir, el colegio es una jungla. Hay todo tipo de criaturas peligrosas de diversos colores y tamaños. Como en toda jungla, prevalece el que tiene más poder. La competencia escolar no sólo está en las notas, en la belleza y la popularidad, también se mide, aunque muchos no lo quieran creer, por la comida, por el tipo de lonchera que lleva cada uno. Es así, en el colegio importa mucho quién tiene qué (incluyendo los atributos físicos, que muchas veces, o siempre en realidad, importan más que los intelectuales). Cuando suena el timbre del recreo y todos se[...]

A la chica de mi sopa

Seguramente me vas a odiar por elegir este medio para llegar a ti, pero la última vez que te escribí a tu correo privado no me respondiste. Ya sé que odias todo lo relacionado a lo público, a las masas, a lo que pueda de alguna forma estar relacionado a la prensa, a lo mediático, pero como la última vez que te escribí no respondiste, y uno con los años ha ido cultivando, para bien o para mal, un cierto orgullo, he decidido que quizás pueda ser divertido escribirte por acá. Total, ya publiqué una novela con un personaje inspirado en ti. Ya me imagino lo molesta que debes estar. Sobre todo p[...]

Hay una chica en mi sopa

Echada sobre una tumbona mirando las olas de Villa, campanas de casi dos metros que revientan a no demasiados metros de mí, pienso, mientras me llueven sobre la cara pequeñas partículas de agua salada, en aquellos días de mi niñez en los que todavía tenía que someterme a la torturante rutina de levantarme todos los días a las seis y media de la mañana para ir al colegio. Levantarme, cambiarme, tomar desayuno, salir corriendo al colegio. A esa hora uno está tan adormecido por el sueño que no suele detenerse a razonar. El cuerpo simplemente respeta la rutina, sigue la línea incuestionable de lo[...]