Chica super poderosa

4
Abril 10, 2014

Era domingo y mi hija no quería hacer la siesta. Quería ir a ver los caballos, y me parecía una buena idea, pero también sentía que si en ese momento no la ponía a dormir por lo menos una hora, luego iba a estar de mal humor. Le ocurre a menudo cuando no ha hecho la siesta y está cansada. Como no lograba dormirla contándole cuentos en la cama (la verdad es que cada vez la imaginación se me iba angostando con cada cuento que terminaba), decidí sentarla en su coche con sus muñecos preferidos y llevarla de paseo.

Funcionó bastante bien. Veinte minutos después de empujar su coche y caminar bajo el sol (esto lo llegué a disfrutar, ya que nunca tomo sol), ella estaba dormida. Atrás del coche había puesto un mini parlante que está conectado vía bluetooth al celular, mientras caminábamos sonaban canciones como The moon, de la película Her, o las clásicas de Jack Johnson que nos gustan tanto. Con la mano derecha cambiaba de canciones y con la izquierda empujaba el coche. Pareció una tarea fácil.

Al volver a casa la cargué para echarla en su cama, se despertó, murmuró algo sobre los caballos y enseguida cayó rendida sobre su almohada y siguió durmiendo. La cubrí con su manta extra suave de Hello Kitty (todo sea por la suavidad) y me fui a hacer lo que siempre hago cuando ella duerme: nada. Me siento en la computadora, bajo a la cocina, tomo un jugo, vuelvo a subir, ordeno un poco mi ropa, salgo al balcón miro las nubes, siento el buen clima y doy las gracias, echo un vistazo a la novela que estoy escribiendo, leo vagamente las noticias, me pierdo husmeando en la vida de los demás vía Facebook. Nada muy productivo, y sí, eso me da culpa, pero más culpa que da que mi hija no duerma la siesta o no estar cerca de ella todo el tiempo posible. Aunque se retrase mi novela, aunque Continuar… →

Todas las verduras

37
Abril 3, 2014

Me siento abrumada por toda esta moda de ser vegetariano. Digo que es una moda porque al menos yo lo siento así: en los últimos años he visto como hay más y más gente hablando del tema, dejando de comer carne, comparando las corridas de toros y el maltrato a los animales con comer un anticucho, diciendo que hay que comer tofu en vez de queso y que las verduras no hay que hervirlas demasiado porque pierden sus propiedades.

En principio me parece una idea civilizada la de dejar de comer carne animal. Lo respeto. De hecho en algún momento he dejado de comer carne animal por varias semanas solo porque sentía que el cuerpo me lo pedía. Pero creo que por ignorancia, o falta de creatividad (mal que nos aqueja a quienes vamos por la vida diciendo que somos felices), ese régimen ha terminado por hartarme, dejarme sin ideas sobre qué comer, incluso hacerme perder el gusto por la comida. Todas las tardes pensaba bueno, qué como, ensalada de espinaca con queso fresco y tomates cherry y arándanos deshidratados, con un poco de aceite de Sacha Inchi y una pizca de sal. Suena bien, pero no si lo comes todos los días.

He comenzado a estresarme a la hora de comer porque hay tantas teorías sobre lo que es “saludable” y lo que no y he leído tanto sobre el tema que he quedado más confundida que antes. Creo que disfrutaba más cuando comía el plato que me ponían en la mesa y no me importaba si tenía carne o tenía arroz o si ya había comido pasta esa semana.

Durante mi tiempo de vegetariana empecé a tomar batidos de frutas y verduras, toda clase de menjunjes de color verde o rojo o anaranjado a los que le agregaba maca en polvo, cacao en polvo, semillas de chía. Lo llegué a disfrutar, todavía a veces me hago un batido cuando despierto o no sé qué comer.

Continuar… →

La fiesta esperada

13
Marzo 20, 2014

Despierto soñando que hay una tormenta de hielo en mi casa. Nos alertan en las noticias no salir de casa y veo desde mi ventana cómo una ráfaga de viento blanco arremete contra las plantas que rodean la piscina. Despierto inquieta, es mediodía. Mi hija sale del colegio en una hora, podría seguir durmiendo, ni lo intento. Me paro de la cama y paro en el banco, saco plata, luego paro en la tienda de dulces peruanos y pido una torta de chocolate para diez personas, luego ordeno suspiros a la limeña, gargueros, alfajores, bolitas de coco y almendras, todo en miniatura. Insisto en pagar la botella de agua que saqué de la nevera de la tienda mientras hacía mi orden, la dueña no me la quiere cobrar. Me invita un alfajor de Nutella que me devuelve la fe en Dios y salgo para el supermercado a comprar frutas y más frutas. En el camino llamo a la tienda de fiestas online donde hace cuatro días hice mi pedido que todavía no ha llegado y algo me dice llama y hablo con una señora que habla un español precario (que la hace parecer un poco tonta, como cuando yo hablo en inglés, lo cual me confirmó que es mejor presionar la tecla “ingles”) que me dice que la orden llegará tarde. Le pregunto por qué tardó si hice el pedido con tiempo (okay, no con tanto tiempo) y me da una explicación que no entiendo, pero le digo entonces propóngame una solución, y hacemos el pedido de vuelta, me promete que cuando llegue el paquete nuevo, lo único que debo hacer es devolverlo y me reembolsarán el dinero. Hago esta llamada en el auto, mirando cómo la gente sale del súper empujando sus carritos llenos de bolsas y veo a la gente sentada afuera de la pizzería y de la heladería y pienso en detenerme a comer un helado cuando la señora del teléfono me pone su musiquita de espera. Finalmente cuelgo y hago la compra y salgo empujando un carrito como la gente que acabo de mirar desde el auto, luego voy por mi hija al colegio y cuando llego ella está muerta de sueño pero no quiere irse. La profesora me dice que estaba a punto de contarles un cuento, que si no me molesta entrar. Entro encantada y me siento en una esquina y la profesora lee, sabe que ella está cansada, pero ya la conoce y sabe que a veces es mejor no contradecirla cuando está así y entonces empieza a leer el cuento y a preguntarle a ella y a los demás niños los colores de cada animal y sus nombres y luego los números. Pienso que es una suerte estar sentada en esa silla diminuta para niños. Tengo urgencia de ir al baño, pero no tengo corazón para entrar en ese baño que está a mi lado Continuar… →

Estás viendo fantasmas

10
Marzo 6, 2014

Cuando era niña no le tenía miedo a nada. No tenía miedo de caminar cerca de un precipicio, de bajar en una tabla precaria una ola más o menos grande, o de pelear con un niño algo más grande que yo en el karate. Una de las cosas que más me gustaban era ver películas de terror para luego decir “no me dio miedo”. Recuerdo haber visto impávida Chucky 1, 2 y 3, con mi amiga Sofía, en su casa a medianoche, comiendo helados, ambas vestidas en ropa negra y holgada, nada de pijamas a esa hora, recuerdo que nos reuníamos casi todos los fines de semana y decíamos que esa noche nos quedaríamos despiertas toda la noche, pero claro, a las cuatro de la mañana caíamos rendidas en algún sillón de la sala. También recuerdo cómo me encantaba entrar a las casas del terror en las ferias de Lima, o si había tenido mucha suerte ese año, en Disney. Creo que las de Lima las disfrutaba más porque siempre estaba con alguna amiga que yo había elegido para que me acompañase. Recuerdo particularmente una casa del terror en el Jockey Plaza. Okay, ese día me asusté. Fui con un amigo que parecía tener más miedo que yo y nos tocó estar primeros en la fila al momento de recorrer la casa. Yo tenía once, él diez. En el primer momento, en el que entramos, con cinco personas detrás de nosotros, nos tocó estar frente a la simulación de una puerta vieja y terrorífica. Toca, le pedí. Me da miedo, me dijo, toca tú. En ese momento supe que iba a tener que ser la primera de la fila y sí, esa vez sí tuve miedo. Me persiguieron hombres con sierras eléctricas, mujeres vestidas de blanco con la cara ensangrentada, y mucho más no quise ver porque al final corrimos hacia la puerta de salida, con todos esos especímenes atrás de nosotros. Todo muy oscuro, nuestros gritos mezclados con sus risas diabólicas, al final cruzar esa puerta y ver la luz de afuera fue como salir de la vientre de mi madre por segunda vez. Alivio puro. Salí dando un salto, cayendo sobre mis rodillas. (Detrás de mí cayeron unos cuantos también). Mis demás amigas que estaban afuera (y no se atrevieron a entrar) dicen que me vieron salir con los brazos abiertos y la mirada en el cielo. O sea, un parto. Continuar… →

Cortar la piel

14
Febrero 27, 2014

Cuando el doctor me dijo que me haría cesárea me quedé en shock. No estaba preparada para eso. Estaba preparada para pujar y pujar hasta que mis entrañas explotaran y ver salir a mi hija de ese modo. Al comienzo de mi embarazo la sola idea de estar abierta de piernas frente a muchas personas y sufrir en público me daba demasiado pudor. Era esta otra cosa religiosa o moral que muchas veces te insertan los grandes (aunque no quieras) cuando eres una niña.

Fueron pasando los meses y fui entendiendo lo que era estar embarazada. De pronto no me provocaba tomar ni fumar nada.  Me dormía todo el tiempo y en cualquier postura. Me daban náuseas y vomitaba todo, incluso lo que todavía no había comido. Comencé a sentirme embarazada los primeros meses, cuando sentía dolores en la parte baja de mi espalda y me decía, le decía al bebé en realidad, mantente, sé fuerte, lo vamos a lograr. De pronto esa cosita redonda que latía a mil por hora iba tomando forma, iba pidiendo cosas como papa a la huancaína o tomate fresco (sin aliño, por favor, así, crudo, dámelo ya). O vamos al cine y veamos un película, pero qué tal si no vemos la película y salimos comiendo un hot dog con mucha mayonesa, mostaza y kétchup. Fue entonces cuando entendí que había una vida dentro de mí.

Fueron pasando los meses y de pronto un día me animé a pujar hasta morir si ese era el caso. Sentí con claridad que eso era lo mejor para el bebé y para mí.

Pero luego, en la sala de partos, con cuatro o cinco centímetros de dilatación, el doctor me inyectaba algo que decía que me ayudaría a dilatar más, pero que si en diez minutos no había llegado a nueve o diez centímetros, iban a hacerme una cesárea. Me dijo que el bebé no la estaba pasando bien, que quería salir y no podía, que mi conducto uterino era muy estrecho, que no había dilatado como esperábamos.

Entonces me pusieron una mascarilla de oxígeno para darle oxígeno al bebé. Recuerdo todo esto como si fuera ayer. Él estaba a mi lado, tenía mi celular en la mano, estábamos mal dormidos, porque nos habíamos ido a la cama a las tres de la mañana y yo desperté como a las cinco sintiendo que las costillas me explotaban y la barriga endureciéndose cada tanto. Cuando me paré para ir al baño (ahora recuerdo lo molesto que era despertar varias veces en la noche para ir al baño), vi un hilillo de sangre en mi ropa interior y luego cuando volví a echarme en la cama, conté mis contracciones: “si son más de cinco en un minuto, estás lista”, me había dicho el doctor. Las conté. Estaba todo muy claro. Era hora. Continuar… →

Yo no dije nada

19
Febrero 20, 2014

A veces me sorprendo a mí misma en un estado como de sedación absoluta. Sentada mirando la nada misma, como si acabaran de darme una mala noticia, como si no tuviera nada que hacer. Es como si sintiera que todo lo que hago siempre sale o termina mal, entonces mejor sentarse a esperar a que me notifiquen que, efectivamente, estoy jodida.

A veces tengo mucha energía. Y entonces escribo, salgo a correr y luego llego a la casa y hago mis ejercicios mirando en la pantalla de Youtube a la instructora que hace los ejercicios conmigo (yo los hago con ella en realidad) y luego tengo energía para salir a caminar con él y me siento bien pero la verdad no sé de dónde sale esa energía.

A veces me miro al espejo y me veo muchos defectos y entonces voy a CVS y compro maquillaje para esto y lo otro y un rato después siento que la cara me pesa y no sé maquillarme. Vuelvo a pensar lo que siempre he sabido, desde que tengo quince años sé que no debo maquillarme. Pero lo olvido, en mis momentos de inseguridad lo olvido y quiero ser otra persona y solo cuando he fallado me doy cuenta de que ese no era el camino.

A veces me miro al espejo desnuda y me gusta lo que veo. Me digo no está mal para haber tenido una hija y algunos amores frustrados. Me siento cómoda con cada una de mis imperfecciones, desde mi cicatriz hasta mi falta de caderas y mis pechos pequeños. Luego bailo un poco y meto mi computadora al baño mientras me ducho y pongo la música fuerte (no tanto si mi hija duerme) y solo bailo y me siento bien, siento que así quiero ser siempre, quiero ser una vieja que baila sola frente al espejo. Continuar… →

Mujer imperfecta

29
Febrero 13, 2014

Afuera llueve. Estoy sentada en la computadora. Me miro los pechos que sobresalen más de lo normal, pero es porque me he puesto un sostén más ajustado. Nada más. Mi hija duerme en el cuarto de al lado. Acaba de quedarse dormida. Acabo de contarle siete cuentos. Acabo de decirle que estoy muy orgullosa de ella, que ha sido un gran día, que me ha gustado que hiciera pis en el baño, que nos haya obedecido a su papá y a mí cuando salimos a tomar el té (en realidad solo vamos por jugos y un dulce si ella lo pide), que se haya sentado en la mesa con nosotros y haya comido toda su comida. Le digo todo eso una vez y luego se lo digo de nuevo, por si no me había estado tomando atención. A veces, cuando voy por ella al colegio y llegamos a la camioneta y ella está sentada en su car seat, le digo lo que me parece que puede mejorar, le explico todo, le cuento todo. Pero sé que debo ser breve, que solo me escucha los primeros treinta segundos, mirándome a los ojos, luego dice “okay” y mira a otro lado y si yo le sigo hablando me dice “okay, okay”, o “sí”, de una manera que me hace sentir que es momento de callarme la boca. Decir las cosas bien en poco tiempo es algo en lo que ella me está entrenando.

Le he contado siete cuentos y han podido ser diez. En realidad no tenía apuro con que se durmiera. En la tarde se fue al parque con la nana María, lo que me permitió escribir un par de líneas de mi nueva novela, lo cual es bueno, porque la he retomado después de tiempo Continuar… →

No me lo creo

44
Febrero 6, 2014

No recuerdo la primera vez que vi pornografía. Mi memoria me dice que puede haber sido con algún amigo, a eso de los quince, en plan: “nunca vi una película porno”.

No he visto nunca una película porno que me erotice de verdad, a la que vuelva con frecuencia, que me haga pensar: qué lindos son los chicos que están ahí en la pantalla y qué natural se ve. Todo lo contrario: me ponen muy de mal humor los senos de silicona enormes, los pelos teñidos, las caras maquilladas, los hombres musculosos, los penes no circuncidados tamaño extra mega ultra large.

Incluso cuando he tratado de buscar: “soft porno”. En el minuto uno ya están uno al otro enganchados en una postura que me parece incomprensible y sobre todo incómoda, muy anti clímax para mí, lo cual me resulta inverosímil. Lo que espero de una película de ficción cuando voy al cine un sábado por la noche es solo una cosa: que me resulte creíble la historia. Lo mismo se aplica a la pornografía.

Nunca me creo que ella está realmente gozando (siento que finge un poco) y siento que él fue elegido no como mejor amante sino como el más dotado entre muchos otros candidatos.

Todo esto supongo que revela lo inútil que soy para los temas del sexo. Al menos así me siento. Hace años alguien me hizo una herida y presiento que siempre estará ahí. Ya sé que no debo ponerme melodramática, que todos hemos tenido traumas sexuales. Continuar… →

Chata y feliz

58
Enero 30, 2014

Como todos los días, he despertado antes de la hora deseada. No me quejo. Con el tiempo que entendido que es parte de ser mamá. Esta vez ha sido la nana quien me ha despertado a las ocho de la mañana diciéndome que está lloviendo y que afuera todo esta “inundado”. Me paro de la cama, me paro aunque me he dormido a las cuatro de la mañana. No porque estuve en una fiesta, estuve con él, como todas las noches, conversando hasta tarde sobre cualquier cosa, viendo al genio de Craig Ferguson que nos encanta, o rompiendo la dieta vegetariana abajo en la cocina.

Me paro de la cama y saludo a mi hija con cariño y subimos las tres a la camioneta y estoy tan dormida que choco en los pequeños muros de las esquinas y veo que las calles no están tan “inundadas” como la nana me dijo, pero no le digo nada. Me quedo callada, porque me da pena regañarla y porque a esa hora solo tengo fuerzas para mandarle besos a mi hija cuando baja del auto para ir al colegio. Continuar… →

Mi padre

45
Enero 23, 2014

Mi padre es una de las personas más tranquilas que conozco. No se mete en líos, no quiere conquistar el mundo. Lo único que quiere es echarse en su sofá reclinable y ver televisión, leer un libro, ir al cine solo y ver una película. Mi padre no me escribe nunca. Él espera que yo le escriba. Puede pasar una semana, puede pasar un mes sin que le escriba y él siempre me espera pacientemente. Nunca me escribe una línea desesperada. Ya no me regaña. Me deja ser y si hay algún tema espinoso lo esquiva contándome que vio esta película y esta otra y nunca parece tener apuro por venir a visitarme, y todas esas me parecen muestras de infinita paciencia y sabiduría por su parte. Lo quiero más por eso.

Pero no siempre nuestra relación fue feliz. Hemos tenido, como todos los hijos con sus padres, momentos en los que nos hemos peleado y nos hemos dicho cosas horribles y hemos dejado de hablarnos y quizás hemos deseado no conocernos y ser desconocidos. Yo me he ido de mi casa varias veces. Él ha llamado a mi novio de entonces y le ha dicho con absoluta calma y firmeza, sé que está contigo, si no viene en cinco horas, llamaré a la policía. Mi padre ha escondido botellas de vodka debajo de los sofás de la sala, en los muebles de los baños, me ha señalado con el dedo y me ha dicho si sigues así, no serás nunca nadie, no vas a llegar ninguna parte.

Y todo lo he olvidado, lo olvido todo el tiempo cuando me encuentro siempre en sus maneras tranquilas, en sus bajas ambiciones, en su educada manera de evitar el conflicto. Con los años, se ha convertido en un hombre al que he terminado admirando. Como dirían los argentinos, es un copado. No me jode nunca. Y no joder a los demás es un gran mérito. Es como si el tiempo y sus estragos hubieran ido derrotando sus vicios, haciéndolo comprender que es mejor estar tranquilo, no hacer que el barco se mueva, dejar el timón en manos de otra persona y disfrutar del viaje en algún cuarto tranquilo, viendo televisión. Continuar… →