Una doble celebración

Me parece increíble que mi hija esté cerca de cumplir seis años. Siento que hace poco estábamos en la clínica cuando acababa de nacer. Tengo un vivo recuerdo del momento del parto, de haberla tenido en mis brazos las primeras noches, los primeros días en la casa, el dolor punzante de la cesárea, mi camisón de pijama que ya no uso nunca, su llanto de bebé recién nacida.

Ahora está por cumplir seis años y me da mucha ternura ver cómo se peina sola, con qué cuidado se lava los dientes, la paciencia con la que elige la ropa que se va a poner ese día. Veo cómo se va convirtiendo en una niña grande y eso es algo que me maravilla. Es una mezcla de sentimientos: por un lado, están las respuestas a las mil y un preguntas, la paciencia que uno va estirando hasta que llega la hora del baño y a dormir, la sensación de que a ratos ser madre puede ser una tarea abrumadora y por eso hay que llevarla con calma, pensando; un día a la vez. Por otro lado, es como si el tiempo pasara frente a mis ojos como un sueño o una película y solo a ratos cayera en cuenta de que es real, que en efecto ha pasado tanto tiempo, que mi hija ya no es más una bebé y que, aunque a ratos no parezca, cada día que pasó, ha crecido un poco más.

Ella sabe lo que quiere. Este cumpleaños quiere hacer no una fiesta, sino dos. Quiere hacer una en Miami con sus amigos del colegio y otra en Lima, con sus primos. Me hace gracia cuando estamos en la mesa y mi esposo le dice: no todos los años podremos hacer dos fiestas, mi amor. Y ella le devuelve una mirada incrédula, como diciéndole, eso está por verse. Como si en el fondo supiera que la última palabra la tiene ella.

Eso es algo que noto en muchos niños de su edad: saben lo que quieren. Dicen y hacen cosas que los hacen parecer mayores. Yo a su edad no era así y a duras penas me hacían una gran fiesta cada dos años. No recuerdo haberlo pedido tampoco. Todo va cambiando, evolucionando, y no nos queda otra que adaptarnos al cambio. Aunque nos cueste.

Entonces es principios de marzo y, además de mis tareas cotidianas que, perdonen la franqueza, no son pocas, tengo dos fiestas que organizar. Tengo que contratar al animador, cubrir la piscina con un material transparente para ganar espacio en el jardín y asegurarnos que ningún niño termine nadando con ropa en la piscina, contratar los juegos inflables, comprar sándwiches, bocaditos y postres.

Pero todo ese esfuerzo parece cobrar sentido cuando recuerdo que hace seis años ella está aquí y cuánto me ha cambiado la vida desde entonces. Cuando recuerdo todo lo que he aprendido gracias a ella, me digo hazle las dos fiestas, porque en unos años quizá ya no quiera hacer ninguna celebración o tal vez prefiera pasar el día de su cumpleaños con sus amigos o su novio. Y en ese momento, culposa como soy, la voy a extrañar y me voy a preguntar por qué no la celebré como ella quería.

No hay una fórmula para criar a los hijos. No hay un número que nos indique cuánto debemos consentirlos y cuánto castigarlos. Pero si algo recuerdo de mis padres es haber sentido que me adoraban. A pesar de que nunca me pusieron muchos límites y tuvieron sus errores en el camino, como los tenemos todos los padres. Al final lo que se quedó conmigo era la sensación de que yo era todo para ellos. Y eso me salvo siempre. Me enseñó más que mil castigos o prohibiciones.

Supongo que eso se llama amor incondicional y lo mismo pretendo darle a mi hija. Aunque alguna psicóloga por ahí me pueda decir que dos fiestas es mucho, que no debemos consentirla tanto. Si ella quiere dos fiestas, así será. La razón es muy simple: Más allá de lo que es correcto o no, la vida hay que celebrarla. Además, no es solo su vida la que se celebra, festejamos también la que ella me regaló a mí cuando nació.