Todo da vueltas

El clima está raro. Tuvimos una semana helada en la Florida. La semana siguiente vino con mucho calor. Un día me encontré a mí misma sudando, no sé si era el clima o mis actividades físicas. Cuando digo actividades físicas no me refiero al deporte. Me refiero a las actividades físicas a las que llevo a mi hija durante la tarde.

Me gustaría hacer más deporte. Hace dos días me armé de valor y me dije a mí misma que no me podía pasar el resto de la vida corriendo veinte minutos diarios con música a todo volumen. Me dije que también era necesario hacer un poco de ejercicio extra. Entonces implementé a mi rutina de correr unas sentadillas. No sé cuántas hice. No las conté. Sólo sé que hoy, dos días después, a duras penas puedo sentarme en el inodoro. Así de bien estamos.

Hubo una época en la que corría a toda velocidad sin cansarme. En la que juraba no cansarme nunca con ningún ejercicio.

Recuerdo la vez que mi madre me llevó a su clase de spinning y la terminé con mucho esfuerzo, pero haciéndome la cool, la que no pasaba nada. Ahora, aunque trate, no podría hacerme la cool y no exagero si digo que el orgullo no me alcanzaría para seguir pedaleando hasta el final de la clase.

Crecer es perder de a pocos el orgullo, resignarse. Y no lo digo en tono pesimista. Uno va conociendo sus limitaciones. Uno se enfoca en lo que uno es bueno. Yo, por ejemplo, soy buena para estar en silencio, para ser paciente la mayor parte del día, impaciente por las noches, cuando quiero que mi hija se duerma para poder hacer lo que más me gusta cuando quiero descansar: ver videos en Youtube y Netflix.

Para eso sí soy buena. Para ver ficciones, para imaginar que yo podría escribir o hacer algo así de bueno. Soy buena para comer queso muy tarde por la noche, tomar jugos verdes por la mañana, vino tinto algunas noches, comer lo que quedó en el plato de mi hija, decir “mañana lo hago”, bailar sola, pedir ese plato de pasta que debería evitar, tomar vitaminas para que no se me caiga el pelo, dormir bajo las sábanas incluso si es verano, imaginar que este año termino esa novela que empecé hace tres años.

En algún momento creí que era buena para jugar al fútbol. Ahora tengo mis dudas. La última vez que jugué futbol, en Lima, con los hermanos de mi esposo y sus hijos, todos hombres, tuve la impresión de que ya no jugaba como antes. Corría con la pelota en los pies y cuando llegaba al arco no tenía aire para patear con fuerza. Supongo que eso es estar cerca de los treinta.

Cuando tenía veinte años y me decían cómo te ves de aquí a diez años, me quedaba en blanco. Luego me decían: “Y en cinco?” Nada. No veía nada. Siempre viví el día a día. No tenía grandes planes de nada. Pero si algo hice, y creo que hice bien, fue seguir siempre mi intuición. Al dejar la universidad, al publicar esa novela, al enamorarme del escritor veinticuatro años mayor que yo, al no tener miedo de tener una hija con él. Todo eso que a los ojos de mis amigos o familiares podía sonar como una mala idea, a mis ojos no solo era una buena idea, era lo que yo realmente quería hacer, porque en el fondo sabía que todas eran decisiones que se originaban en el amor.

Diría que para eso también soy buena: para hacer lo que yo quiero, aunque todos a mi alrededor estén en contra. No exagero si digo que lo hice por las buenas razones. Por el mero sentimiento de amar lo que estaba haciendo.

Y así como hoy no tengo tan buen físico como hace unos años, en ese entonces no tenía tanto juicio como ahora. Creo que ser mamá me hizo más responsable, más cautelosa. Me alegro no haberlo sido en ese entonces y haberlo apostado todo. Me alegro de haber tomado todas esas decisiones, porque cada una de ellas, por más pequeñas o grandes que fueron, me trajeron al lugar donde estoy ahora, acompañada de él y de ella: el escritor que parece mi padre y la niña que lleva bajo la piel una felicidad que me maravilla. Y es el lugar donde el clima puede ser a ratos un poco raro, pero donde finalmente soy feliz.