Otra vez Montreal

Este año decidimos volver a la nieve. Fuimos el año pasado para su cumpleaños número cincuenta y uno y fuimos tan felices los tres que decidimos volver a la misma cuidad, al mismo hotel.

El anterior había sido un viaje tan feliz que parecía imposible que este pudiera superarlo. Viajamos con la idea de repetir exactamente lo que habíamos hecho el año pasado: ir a ese monte que nos queda a unas cuadras del hotel, jugar con la nieve, deslizarnos en las llantas inflables, comer en buenos restaurantes, pasear por la ciudad en auto mientras nuestra hija hace la siesta en el asiento de atrás.

Pero el primer día que fuimos al monte algo había cambiado. Hacía frío, pero no tanto como la última vez. Había salido el sol y la nieve había tomado una textura resbaladiza. Cuando intentamos resbalarnos en las llantas inflables, estas tomaban tanta velocidad que cada tanto salíamos disparados y caíamos sobre la nieve endurecida como sacos de papas. No era como lo recordábamos. Conseguimos una tabla deslizadora y bajamos por turnos los caminos empinados por donde muchos niños y adultos hacían fila para deslizarse también, pero la pista tenía desniveles, y de nuevo, salíamos disparados. Rendidos y algo adoloridos, fuimos a tomar una sopa deliciosa de verduras a un café cercano y eso alivió nuestra primera tarde.

Al día siguiente no quisimos volver a ese monte. Decidimos que si queríamos encontrar más nieve y mejores colinas para deslizarnos debíamos conducir una hora al norte y buscar otro monte. Eso hicimos. A penas llegamos nos encontramos con una gran montaña y a sus pies, un parque lleno de niños deslizándose en llantas inflables, chicos jóvenes esquiando o dando grandes saltos en snowboard en medio de la montaña. Había música que salía por distintos parlantes que daba al lugar un ambiente alegre, festivo.

Había también una escuela para aprender a esquiar y no dudamos en preguntar si había un instructor disponible para que nos enseñe a esquiar. Él había tratado de esquiar solo una vez, hace quince años, pero había fracasado y desde entonces llevaba consigo la idea de que nunca podría hacerlo, que no era bueno para eso. Nos dijeron que solo había un instructor disponible. Se lo cedimos a nuestra hija. Yo alquilé un equipo de esquí y pensé: si no hay instructor, aprenderé sola. Salimos los tres a la nieve y nos dirigimos a la pista de niños. Tenía una bajada no tan grande y al lado un camino de curvas.

Me puse los esquís y busqué mi equilibrio. Mientras nuestra hija buscaba el suyo con ayuda del profesor, me subí a la faja que te lleva a la cima de la pequeña montaña para niños o principiantes. Él se paró detrás de mí y empezó a grabarme con su celular. Puse ambos esquís sobre el borde y me deslicé sin miedo. Llegué a la parte de abajo sin caerme. Lo hice una vez más. Poco a poco iba sintiéndome más cómoda y aprendiendo a frenar, a dar la curva. Me ayudaba mucho mirar cómo lo hacían los demás. Al poco rato nuestra hija ya estaba practicando en la montaña donde yo acababa de deslizarme. Sentí que quería más y me fui a la montaña grande. Subí al funicular y elegí la pista verde. Menos mal. Era bastante más difícil de lo que pensé. Me caí un par de veces, pero fui absolutamente feliz. Sentí que para eso era buena. Esa noche, comiendo con unos amigos canadienses, me di cuenta lo intrépida que había sido al bajar esquiando la montaña grande habiendo aprendido recién. No lo podían creer. Pero ese es un rasgo de mi personalidad que me define: pocas veces tengo miedo.

Fuimos tan felices que decidimos volver al día siguiente. Por supuesto, me aseguré de conseguir un instructor para él. Tenía que sacarse ese trauma de encima. Y no fue fácil. Pero lo logramos. Él tomó su primera clase de esquí y no se cayó como había pensado. Fue cauteloso, tuvo buen equilibrio. Un día después ahí estábamos de nuevo. Esta vez era yo quien grababa con su celular, porque los progresos que él había hecho eran increíbles: ya bajaba pequeñas pendientes solo, había aprendido a frenar. Nuestra hija tomaba clases cerca de nosotros, aprendiendo sin esfuerzo, risueña, tranquila.

Luego, para celebrar, fuimos a desliarnos en las llantas inflables. Estas pendientes no eran como las del monte anterior, eran el doble de altas, pero la nieve no parecía tan resbalosa así que decidimos darle un intento. Nos deslizamos los tres juntos de la pendiente más alta y hasta ahora suenan en mis oídos los gritos de él, los míos, y las carcajadas de nuestra hija.

Fue por eso que este viaje superó al anterior: porque los tres aprendimos a esquiar, porque conocimos otra parte genial de la ciudad, porque comimos delicioso y tomamos buen vino francés. Queremos volver pronto a la nieve. Tanto que ya estamos planeando nuestro escape el mes que viene. Pero ahora ya estamos en casa y la verdad que eso también tiene su encanto. Por más refinado o cómodo que sea el hotel, no hay nada como una ducha tibia en tu casa, nada como tu cama. Nada como esa paz que se respira cuando tienes unas vacaciones espléndidas y vuelves a casa y todo está bien, porque la felicidad está ahí también.