La mujer valiente

Hace un mes me recetaron pastillas para la ansiedad. He vivido toda mi vida pensando que no necesito tomar pastillas. Hoy me despierto todas las mañanas pensando en ellas.

Hace seis meses despertaba con un sentimiento extraño de culpa. Culpa por haber tomado vino el día anterior, culpa por haber comido Doritos, culpa por no haber sido lo suficientemente cariñosa con mi hija al final del día. A lo largo del día estos sentimientos se desvanecían y al final de la tarde me decía a mí misma que no estaba bien sentir culpa. Uno siente culpa cuando uno hace algo.

Cuando estuvimos en Lima fui a ver al psiquiatra de mi esposo y le conté lo que me estaba pasando, le conté sobre esas noches de insomnio que me atacaban una vez por mes. Le conté cómo había sido mi niñez, cómo tuve que cuidar de mis padres por distintos motivos. Me dijo que sufría de ansiedad, que debía medicarme.

Salí de la consulta sintiendo que el doctor tenía razón. Tenía que medicarme. Pero me daba miedo. Tenía miedo de depender de una pastilla por el resto de mi vida. Pero era eso o depender de mis ataques de ansiedad al final del día, de mi culpa injustificada por las mañanas. Compré pastillas por tres meses. No las tomé en ese momento, pero las llevé conmigo de vuelta a Miami.

Una vez aquí, pasó un día, dos, pasó una semana. Por un momento pensé que no las necesitaba. Después de dos semanas de vacaciones que me dejaron relajada por unos días, el sentimiento volvió de pronto. Y empecé a tomar las pastillas. Empecé de a pocos, con miedo.

Han pasado solo dos semanas y estoy tomando solo la mitad de la dosis que me recomendó el doctor y sí he notado algunos leves cambios. Al final de la noche no siento esta necesidad de arrasar con la nevera, me muerdo menos las uñas, tengo menos culpa.

Al parecer el doctor acertó en su diagnóstico. Me explicó que los niños que han vivido lo mismo que yo, tienden a desarrollar una “ansiedad vacía”. Es decir, una ansiedad que no sabes bien de donde viene y no te impide tener una vida feliz. Es una ansiedad que has cargado contigo desde niño y solo por momentos la sientes.

Siempre pensé que mi infancia había sido feliz. Sigo pensando que estuvo llena de momentos felices. No cambiaría por nada del mundo a mis padres. Creo que me enseñaron a ser fuerte, valiente. Siento que me hicieron de acero, a prueba de balas. Y solo por eso les estaré eternamente agradecida.

Pero al parecer ahora debo tomar una pastillita para estar más tranquila. No está mal si pienso que ya estoy cerca de los treinta, que me casé, que tuve una hija y tengo sobre mis hombros la responsabilidad de hacer de ella una mujer fuerte, valiente, sin miedo al ridículo. Tanto como lo fui yo en algún momento, o como a veces todavía trato de ser.