La familia en Navidad

Han sido unas vacaciones felices. Teníamos dudas, en realidad flojera por tener que subir una vez más a un avión para llegar a Lima para celebrar Navidad.

Digo miedo porque estas fechas siempre ponen a alguna gente más sensible o susceptible, lo cual puede ser bueno pero también puede no serlo, y también porque siempre hay más tráfico, más gente en las calles, más apuro en general.

A pesar de eso decidimos armarnos de valor y viajar a Lima con seis maletas pesadas, cuatro nuestras y otras dos llenas de regalos para la familia. Llegamos agotados y la primera impresión es que la ciudad sigue siendo un caos y a ratos parece un poco fea, gris, cubierta de una niebla inexplicable para un verano que estaba ya cerca.

Pero luego de una siesta, quizás al día siguiente cuando nos encontramos con la familia, fuimos a los lugares donde nos gusta comer, y paseamos por esas calles en las que fuimos más jóvenes, rebeldes, quizás cuando fuimos a esos parques en los que alguna vez besamos a alguien o estuvimos solos, cuando nos sentamos en esa banca de madera y nos confundimos entre tanta gente, cuando éramos niños y la gente no nos conocía en la calle, quizás entonces todo empezó a cobrar cierto encanto.

Volver a la ciudad en que naciste, estar cerca de la familia es algo que a mí me hace bien. Me hace recordar quién era hace unos años y lo mucho que he cambiado, diría que para bien, desde que soy madre y desde que me fui lejos. La distancia y el silencio muchas veces te hacen fuerte, un poco más responsable, menos engreída. Es lo que me pasó a mí. Estar cerca de mi familia también me hace sentir querida. A veces olvido lo importante que es sentarse un momento con uno de tus hermanos y simplemente conversar y reír como hace tanto no lo hacías. O darle un abrazo a una vieja amiga. Todo eso te llena el alma y son recuerdos que se quedan contigo. Y como son cosas que no haces a menudo, lo aprecias mucho más.

Fue un viaje feliz para todos, pero principalmente para nuestra hija, que se encontró con todos sus primos, que son bastantes, diría que unos quince o veinte. Verla cantar villancicos navideños en casa de su abuela es una imagen preciosa que no se me va a borrar de la mente y a ella creo que tampoco. Correr en el jardín con los primos es uno de los recuerdos más felices que tengo de mi infancia. Me alegra que mi hija pueda vivirlos también, que se sienta querida, buscada, que sus primos digan su nombre en voz alta y la llamen para jugar. Todo eso se ha quedado en ella y yo me he prometido volver la próxima Navidad.

Pero lo que más me ha gustado de estas semanas de vacaciones es lo servicial que fue la gente que estuvo cerca de mí; la chica que cuidó de mi hija mientras yo dormía un poco más por la mañana, la atención médica que recibí para revisar o consultar mis males menores: caída de pelo, momentos de ansiedad. Todas esas personas me hicieron sentir que realmente estaba de vacaciones porque para mí esos son privilegios que no tengo en la ciudad donde vivo.

Una decisión que tomé para este año fue dormir un poco más. Dormir ocho horas de corrido. Hace año y medio venía durmiendo cinco horas, luego despertaba para dejar a mi hija en el colegio, luego dormía dos más. Eso lo hice con mucho gusto cuando mi hija me necesitaba más. Aunque reconozco que me cuesta aceptar ayuda, ahora estoy dispuesta a tener a alguien en casa durante la mañana para que yo pueda dormir ocho horas de corrido. Es un privilegio o un premio que me estoy dando este año.

Ya de vuelta en casa, escribiendo estas líneas en silencio, me digo si este año que viene es igual que el anterior, sentiré que ese es el verdadero privilegio: no querer un gran cambio en tu vida; que tu hija siga aprendiendo todo eso que con paciencia le estás enseñando, seguir durmiendo con él y con nadie más, seguir viviendo en la misma casa, en la misma ciudad a la que llegaste hace ya seis años y de la que te enamoraste al instante porque él estaba ahí esperándote, sentado en una banca del aeropuerto, con la promesa de tratarte como una reina si te quedabas a acompañarlo y solo viajabas con él a Lima una vez al año para visitar a la familia por Navidad.