Ahora que soy otra

Hacía cuatro años que no iba a Nueva York. No exagero si digo que la última vez que estuve en esa ciudad yo era otra persona. De ese último viaje tengo recuerdos de momentos, no de lugares. Algo me hacía sentir como si esta fuera la primera vez que visitaba la ciudad. Tal vez porque mi esposo y yo íbamos con nuestra hija de cinco años. Y viajar a una ciudad con ella es mirar el mundo a través de sus ojos, hacer planes que le diviertan a ella, dormir temprano y comer a nuestras horas.

A diferencia del viaje anterior que habíamos hecho mi esposo y yo solos, esta vez yo tenía muy claro los planes que quería hacer una vez en la ciudad. Quería ir a ver el show de Matilda, el de Lion King, el de Cats. Quería ir a patinar con mi hija al Rockefeller Center, quería visitar con ella el Museo de Historia Natural, quería ir al Moma, y sobre todo, pasar mucho tiempo y tomar muchas fotos en Central Park.

Tenía todo tan bien planificado que incluso alquilamos un coche para que mi hija se sentara cuando estuviera muy cansada de caminar, o donde pudiera dormir una corta siesta a la mitad del día mientras nosotros seguíamos caminando o visitábamos un museo más, sin tener que regresar al hotel y perder un par de horas del día.

Desde el primer día la ciudad nos contagió su ritmo vertiginoso y logramos dormir antes de medianoche (lo cual es poco común con mi esposo y yo) y despertar junto a tiempo para aprovechar el desayuno del hotel. Nos hace bien llevar ese ritmo en los viajes, porque así podemos conocer mejor la ciudad, aprovecharla mejor. Desde que despertábamos salíamos del hotel y caminábamos de un lado a otro sorteando los vientos helados que venían a ratos y que a él le congelaban las orejas y a mí las manos que llevaba descubiertas mientras empujaba el coche. Me tomó media hora de caminar a treinta grados Fahrenheit para pedirle a mi esposo parar en una tienda a comprar guantes para ella y para mí.

Una vez que tuvimos los guantes todo fue más fácil y llegamos a tiempo para patinar sobre hielo sin caernos. Yo le enseñaba a patinar a mi hija mientras él nos mirada resignado afuera de la pista tomando un café más. Él ya no quiere patinar.

Él ya no patina, pero sí mira musicales para niños como si lo fuera y es capaz de emocionarse conmigo con la niña de ocho años que hace el personaje de Matilda, que recita todas esas líneas de memoria con una fluidez que deja al teatro entero perplejo, con ganas de pararse a aplaudirla de pie, como ocurrió al final de la obra.

Otra razón por la cual ahora no soy la persona que era en mi último viaje a Nueva York, es que ahora hago un esfuerzo por mirar las calles y ubicarme, no me dejo simplemente llevar por mi esposo como me dejaba llevar antes por él y por otra gente. Creo que ese es el rasgo que más ha cambiado en mí: antes no me importaba dejarme llevar, ahora me detengo y lo pienso dos veces. Ahora miro las calles, los lugares, los nombres y tomo nota para así quedarme con los recuerdos que debí tener antes.

Lo mejor que vimos en los tres o cuatro museos a los que fuimos: los cuadros de Picasso. La mejor obra: Matilda. El mejor postre: la torta de chocolate sin harina del hotel Carlyle. La mejor atención: el hotel Carlyle, de nuevo. El mejor servicio de té: en el hotel Lowell. El mejor vino: en el hotel The Mark. La mejor tienda: Vince. El mejor desayuno: en el café Boulud, o 3 Guys si uno tiene ganas de algo más casero y abundante. La mejor vista: los árboles rojos de Central Park. El mejor taxi: Uber.

Luego hay otros recuerdos que también he podido capturar ahora que soy otra persona y tengo más control sobre lo que quiero y no quiero. Los tendré en cuenta para cuando vuelva a la ciudad: el Museo de Historia Natural no me impresionó como pensé, algunos cuadros del MET me parecieron bastante horrendos, el servicio de té de Lowell era exquisito, pero le faltó un pancito con mantequilla, todas las noches se filtraba en nuestro cuarto un olor a marihuana que probablemente venía del cuarto vecino y por un momento imaginé que les tocaba la puerta y les pedía que me inviten porque hace tanto que no fumo, pero cuando fumo me duermo, entonces era perfecto para mí en ese momento.

Aunque en realidad llegábamos tan cansados y contentos al hotel después de caminar horas, que los ojos se cerraban solos apenas pasada la medianoche. Mirando a mi hija dormir a mi lado, pensé más de una vez que a mí me hubiera encantado que me llevaran a esos musicales a su edad. Fue un viaje muy feliz.