Cumplir 28

El martes pasado cumplí veintiocho años. Fue un cumpleaños distinto porque ese día fueron las elecciones presidenciales del país en donde vivo, Estados Unidos, y voté por primera vez.

Me desperté con la voz de mi hija diciéndome feliz cumpleaños, mami, duerme un rato más. Desperté a las nueve de la mañana y fui a su cuarto a darle un beso. Le dije que ella era mi mejor regalo, el mejor que era posible tener en mis veintiocho años de vida.

Cuando le digo estas cosas a mi hija siento que las entiende perfectamente y se emociona como si se lo estuviera diciendo por primera vez. Su increíble sencillez y sensibilidad son dos rasgos de su personalidad que siempre me sorprenden.

Ella y yo tomamos un desayuno grande y saludable, y mientras él todavía dormía, nos fuimos a pasear por la playa y a hacernos fotos lindas. Qué grande está, pensaba, mirándola por el lente de la cámara que compré hace poco para hacer videos en Youtube. Han sido cinco años que yo podría retroceder para vivir de nuevo y hacerlo todo bien. Para mirarla más tiempo durmiendo en su cuna, para cambiarle más pañales, para enseñarle a gatear y tener todo el control como solo una madre que ya ha vivido esa etapa sabe hacerlo. A veces quisiera volver y hacerlo todo bien, perfecto.

Cuando él despertó, fuimos a almorzar a nuestro restaurante preferido. Luego fuimos a votar. Entramos con nuestra hija y le mostramos la cartilla de votación. Me sorprende cómo nuestra hija con solo cinco años entiende de política igual o más que yo. Sabe cómo es el candidato tal y cómo es este otro. Aunque por supuesto es muy joven para votar, tiene su voto decidido.

Más tarde hacemos tareas, la llevo un momento a sus clases de karate, a las que debe ir con regularidad, no faltar nunca, para así poder subir de cinturón. Siento que mi hija tiene una vida muy afortunada, pocas cosas le cuestan trabajo. Es por eso que me gusta esta disciplina, porque depende de ella y solo de ella ir subiendo de cinturón y llegar más arriba.

Por la tarde cantamos happy birthday, comemos torta, tomamos Inka Cola, y luego, ya empachados, vemos los primeros resultados electorales. Como si esa no fuera otra forma de empacho, me doy con la sorpresa de que el candidato republicano va ganando la mayoría de estados, veo el mapa teñido casi todo de rojo y me temo que está por ganar.

Cuando mi hija duerme y mi esposo y yo estamos viendo la tele de madrugada, esperando los resultados finales, confirmamos que había ganado el candidato que menos esperábamos. En realidad, fue una sorpresa para mí, pero mi esposo lo había vaticinado en televisión unos meses antes y había en él un aire de victoria personal.

Nos fuimos a dormir tarde, un poco confundidos por los resultados, pensando en que no importa en qué parte del mundo estés, o lo bien que te esté yendo, casi siempre quieres un cambio, sueñas con algo mejor, con ser como ese otro que tiene un avión privado y casa en el campo. Al final la gente vota por ese candidato, no por el que es mejor persona, o mejor político, sino por el que les vende mejor una idea, aunque después no pueda ejecutarla.

Fue un cumpleaños curioso pero hechas las sumas y las restas diría que también fue feliz.