La niña que trajo el sol

La luz de la lampara del escritorio. La casa en silencio cuando ella duerme y él no está. La mujer que escribe a solas en su cuarto. Los platos sin lavar. La copa de vino. Los dedos tecleando a toda velocidad. Los planes de viaje. El miedo constante. Las piernas desnudas. La extraña sensación de felicidad. El cuadro de la bailarina. El estante de libros. La piscina brillando de noche. Las risas en el cuarto principal. El cajón con papeles y recuerdos. Las migas de pan en el suelo. La ropa apilada en un sofá. El sonido de la secadora de ropa. Las cortinas cerradas. El aire acondicionado encendido de día, apagado de noche. El reflejo de la televisión cuando ellos ven una ficción a oscuras. La luz tenue cuando hacen el amor. El miedo que dejaron de lado. La ropa colgando en los closets. La ropa en bolsas blancas que es para regalar. Las alfombras lila en los cuartos de abajo. Los muebles de esa otra época. Las lagartijas diminutas que se cuelan cuando abrimos la puerta. El llanto constante de la lluvia cuando es de noche. El barullo de las fiestas vecinas. La música fuerte de algún bote que pasa y está de fiesta. La envidia del que está lejos. La sonrisa del que nos quiere. El teléfono que nunca suena. Las fotos de esa tarde de verano. Los sofás reclinables. La terraza para recibir a los amigos que nunca vienen. Las botellas de champagne sin abrir. Los postres a medianoche. Los helados de agua. Las miradas tranquilas. Las carcajadas mientras preparo la comida. La cama que a veces es el Titanic y otras el barco privado. Los juegos que ellos inventan. El jardín iluminado cada noche. La mochila del colegio. Los jugos por la mañana. Las tareas por la tarde. La destreza de la niña. Las preguntas constantes. Su impresionante memoria. Su infinita bondad. El rostro de la madre cada mañana frente al espejo. El corazón que ama y no se cansa. Las rosas rojas en la mesa de madera. Los cuadros de esa ciudad a la que nos hemos prometido ir. Tantos viajes felices. Los cortes de pelo pendientes. Los sobres que no son cartas sino cuentas. No van quedando amigos. El trípode y la cámara en la sala de la casa. Ella también quiere ser famosa. El grillo incesante. Las lombrices que siempre están. La pelota de fútbol del vecino. Las tumbonas de siempre. Los columpios que ya suenan si se mueven. El trampolín en el que ya nadie salta. El televisor apagado. El padre trabajando sin desmayo en esa caja negra. Su reflejo en el espejo mientras se anuda la corbata. El gato del vecino que llora cuando extraña. Las duchas que ya casi nunca son privadas. La espuma de afeitar sin tapa. Las zapatillas que ellas dejan aquí y allá. Los platos que él promete lavar después. El inevitable desorden cuando en una casa no hay empleados. Los porritos que ya no fumamos. Las novelas que escribimos. Los momentos en que nos abrazamos. El fútbol y las cervezas. Las historias, las confesiones, las risas. La rutina feliz de todos los días. La pareja que no pelea. La niña que trajo nueva vida. La niña que trajo el sol. El balcón y las mil estrellas de noche. Los aviones que vienen y van. Las veces que somos nosotros los que viajamos, y dejamos esta casa vacía y en silencio, como antes de que llegásemos. Como la encontramos el día que llegamos juntos, con ella en mi barriga y él cargando las maletas. Nadie nos dijo que seríamos tan felices.