Huracán Matthew

Hace seis años que vivo en Miami y este ha sido el huracán que más cerca ha pasado desde que estoy aquí. Todos los años hay falsas alarmas de huracanes que se desvían o pierden fuerza a lo largo de su trayectoria. Fue dos días antes de que llegara el huracán Matthew cuando empecé a preocuparme un poco. Veía en las noticias que era grado cuatro y que venía directamente hacia la Florida. Se va a desviar, pensé.

Desde que vivo en esta isla nunca la había visto tan vacía. Casi todos se fueron. A pesar de que el ojo del huracán no pasaría directamente por Miami, muchas familias decidieron evacuar y en todos los colegios de la ciudad se decretó feriado jueves y viernes. Nosotros decidimos quedarnos en casa. Acabábamos de llegar de un viaje corto pero de muchas horas de avión y lo último que queríamos era tomar otro avión apurados, escapando de la tormenta. Decidimos comprar comida, agua, velas, linternas y refugiarnos en casa. Hoy pasó el huracán. A último momento se desvió aún más de donde estábamos nosotros así que afortunadamente al final lo que vivimos fue una simple tormenta.

Sin embargo, han sido días distintos. No hay casi gente en la isla y durante el día ha corrido un viento semi frío que me ha hecho sentir por un momento que estaba en otra ciudad. Disfruté tener un respiro del calor insoportable de Miami. Sabiendo que no venía un huracán y sólo sería una tormenta, decidí salir a correr por la isla como suelo hacer casi todos los días. Esta vez fue diferente. Lo disfruté mucho más. El viento me limpiaba las gotas de sudor y de nuevo, no había nadie en la calle: no estaban los obreros de esa casa enorme que están construyendo cerca del puente de Mashta Dr., no había gente paseando a sus perros, no había autos de golf pasando a mi lado, no había lagartijas cruzándose por mi camino, no había otra gente corriendo a mi lado.

Me senté un momento a ver el mar, cuya marea estaba más elevada, inquieta, como si esperase ansiosa la tormenta. Quise grabar un breve video con mi celular, pero había tanto viento que no se escuchó nada de lo que dije. Podía sentir que esta sería una tormenta distinta. Sentí una cierta paz en medio de esa promesa de caos. Me sentí afortunada de vivir aquí.

Luego volví a casa y ayudé a mi hija a hacer sus tareas, ordené un poco la casa, que por mucho que trate nunca llega a estar del todo ordenada. Me di un baño larguísimo mientras mi hija dormía la siesta y vi pasar la tormenta desde la ventana del comedor con mi esposo y mi hija sentados a la mesa, comiendo la comida que habíamos pedido para llevar más temprano en nuestro restaurant preferido.

Como soy aventurera y un poco autodestructiva, confieso que una parte de mí hubiera querido que venga la tormenta de lleno. Aunque al día siguiente me lamentara de mis deseos al no tener luz ni agua. Un lado oscuro de mí sentía que era literariamente inquietante o atractivo vivir esa aventura. Hay una parte de mí que siempre está dispuesta a correr algún riesgo y despeinarse un poco con tal de poder escribir esa historia luego. Una parte de mí ya se había hecho la idea de bañarse con esas botellas de agua que a las justas pude conseguir en el súper, porque cuando fui a comprar las provisiones ya mucha gente lo había hecho antes que yo, y fue muy impresionante ver los estantes de papel higiénico y agua prácticamente vacíos. La imagen del supermercado de la isla casi vacío me hizo sentir que ese pudo haber sido el comienzo de la aventura. Pero fue mejor que la tormenta se desviara al final y no perdiéramos el agua ni el internet y poder escribir estas líneas en mi cuarto aún con el pelo mojado por la ducha, con la luz de la lámpara encendida.