Tenerlo todo

Estoy en un avión a Lima. Mi hija duerme y mi esposo lee un libro. No recuerdo cuándo fue la última vez que leí un libro completo en papel. Una vergüenza, lo sé. Mi escusa es la típica del vago: no tengo tiempo. Desde que abrí mi canal en Youtube no he dedicado mi tiempo libre a otra cosa. Cada noche que él se va a la televisión y ella duerme, yo me siento tres o cuatro horas a grabar, editar, y ver otros videos que me sirvan de inspiración. No sé bien por qué me he metido en esta locura de subir un video cada semana. Quizás porque en medio la rutina familiar necesitaba un espacio que fuera mío, y solo mío. Quizás porque necesito seguir conociéndome. Me he prometido que cada video que suba será una cara distinta de mi personalidad. No quiero mentir ni disfrazar nada y voy a contar las cosas sin miedo. Por eso he dejado mi nueva novela a la mitad. Porque la respuesta de mis seguidores cuando subo un video es más inmediata y en este momento más estimulante. Eventualmente publicaré esa novela.

Tengo un poco de miedo de este viaje. Cada vez tengo menos amigas. Llego la semana de un feriado largo y tres de mi cinco mejores amigas se van de viaje sabiendo que llego a la ciudad después de años. Es lo justo, me digo. Por haberme ido hace más de cinco años y no haber vuelto más. Se sienten maltratadas y las entiendo. Pero también me entiendo, porque mi vida familiar es tan tranquila y feliz en la isla que no quiero hacer nada que interrumpa eso. Me da miedo planear un viaje sola o con mi hija a Lima solo para contentar a mis amigas.

Por eso Lima se ha vuelto una ciudad ajena y cercana a la vez. Ajena porque ha cambiado mucho desde que me fui: abrieron nuevos restaurantes, tiendas, centros comerciales. Miro la sección social de una revista de moda en el avión y no reconozco a casi nadie. Todas las caras me resultan ajenas. Pero siempre será cercana por la gente que no veo hace años y que con suerte me encontraré, en mis lugares preferidos, por esos platos de comida que ahora mismo tengo en mente, por ese friecillo húmedo a penas salga del aeropuerto. Todo eso me trae una lluvia de recuerdos; de mis primeros amores, todos tan contrariados y quizás por eso tan entrañables. Recuerdos del colegio y todo lo que pude haber aprendido. Recuerdos de mi infancia, una etapa feliz en promedio, pero en la que desde muy temprana edad me veía obligada a comportarme como una adulta. Me acuerdo que era una niña que pasaba bastante tiempo preocupada por algo o cuidando de sí misma. Recuerdos de la época en que quería ser una escritora a como dé lugar y dejé la universidad para escribir mi primera novela y los fines de semana no hacía otra cosa que escribir y de noche salir a correr por el malecón de Miraflores, deteniéndome siempre en el mismo parque a mirar el mar, las estrellas, preguntarme si todo iba a ser como yo quería que fuera.

Todo fue como yo quise, o casi todo: Me casé con el hombre al que amaba, tuve una hija con él, la llamamos en griego “vida” porque no exagero si digo que nos cambió la vida por completo, nos dio una nueva vida. Suena cursi, pero es cierto. Él dejó de arrastrar una antigua tristeza que podía venir de su infancia, o de tantos viajes, o de muchas noches sin dormir. A mí me enseñó el camino para saber quién soy, aprendí a que las cosas me importen, a despertar sin despertador, a abrazar sin miedo.

Me fui a vivir a una ciudad más linda (perdón pero es cierto) y desde entonces he crecido tanto que diría que estoy a punto de encontrarme. Sólo una cosa no salió como quería: publiqué tres novelas y todavía nadie me toma en serio como escritora. Me dicen que mi esposo escribe mis novelas. Yo les digo, ojalá las escribiera, mi vida de escritora tendría más éxito. Pero ya me lo dijo mi madre cuando era niña y estábamos en la tienda y tenía que elegir entre dos pares de zapatos: Hija, no se puede tener todo en la vida.