El queso vencido

Acabo de comer una pasta cuyo queso parmesano había vencido el 2014. Debí suponerlo, el queso estaba en el fondo de mi refrigeradora. Lo curioso es que todo este tiempo, nadie se dio cuenta de que había vencido. No se dio cuenta la nana peruana que era una cocinera estupenda, pero que se fue en abril del 2015 porque quería controlarlo todo. No se dio cuenta la nana obesa que la reemplazó. La llamo obesa sin ganas de ofenderla, pero si la vieran estarían de acuerdo conmigo en que esa es la palabra que mejor la describe. No se dio cuenta la nana colombiana con pecas y risa estrepitosa. No se dio cuenta la nana que vino luego, una señora colombiana con el trasero operado o inflado y con aires de “yo soy una empresaria de éxito”.

Dos años después, cuando todas estas mujeres se han ido y mi esposo y yo hemos decidido que no tendremos a nadie trabajando en casa de lunes a viernes, que solo seremos nosotros tres, que entre nosotros nos repartiremos las tareas diarias de lavar platos, ropa, barrer aquí y allá, improvisar meriendas por la noche, porque por la tarde tenemos la suerte de ir a un restaurant cercano, tengo que ser yo misma quien se da cuenta de menudo despiste.

Hace poco estuvimos en Lima y no sé si es porque hacía mucho tiempo que no iba, pero me quedé sorprendida de lo bueno que era el servicio doméstico en la ciudad. En casa de mi madre, en casa mi suegra, en casa de mis cuñados, a cada casa a la que iba me topaba con señoras atentas, cariñosas, respetuosas, con ánimo de servir. En la ciudad donde vivo me ha ocurrido lo contrario: las señoras que han venido a trabajar me han dado casi siempre la impresión de que no apreciaban realmente su trabajo. Por una razón o por otra, quizás porque el hecho de haber salido de sus países las hacía sentir que merecían algo mejor que trabajar en una casa.

Hace dos semanas tuve que acompañar a mi esposo a una cita médica. Iban a tomarle unas placas a la columna. La cita era a las dos de la tarde. Mi hija salía a las tres de sus clases de verano. Le pedí a la nana que por favor pasara a buscarla. Generalmente soy yo quien la lleva y la trae de todas partes, muy rara vez suelo encargarle este tipo de tareas (en realidad ya casi nunca delego tareas que tienen que ver con mi hija a terceros), pero lo hice porque tenía la cita médica y porque ella sabía dónde quedaba el lugar y tenía un auto para ir a buscarla. Le dije: ve a las tres en punto, si tienes alguna duda o pregunta me llamas al celular sin problemas. Me fui a la cita confiando en que la señora pasaría a buscar a mi hija.

Mi esposo y yo manejamos hasta el hospital, nos registramos, esperamos todo lo que en esta ciudad te hacen esperar cuando tienes una cita médica, luego entramos a la consulta. Nos pidieron que dejásemos nuestras cosas en un locker, incluidos celulares. Dejé todo, confiando en que todo estaría bien en casa. Entramos a la sala, a mi esposo le inyectaron una especie de líquido para hacer “contraste” en la resonancia, y cuando la prueba estaba a punto de comenzar, él preguntó: ¿Cuánto va a durar esta prueba? La enfermera contestó: Cuarenta y cinco minutos. ¡Imposible!, dijo mi esposo, alegando que no iba a pasar tanto tiempo internado en esa especie de sarcófago. Por alguna razón no me molesté. Volvimos al locker para buscar nuestras cosas. Fue grande mi sorpresa cuando vi que tenía cuatro llamadas perdidas de las clases donde estaba mi hija. Nunca nadie me había llamado tantas veces del colegio o de ninguna clase de verano. Pensé lo peor. Pensé que mi hija se había caído, que había ocurrido un accidente, pero mientras marcaba para llamar de vuelta pensé en la nana y dije qué habrá pasado. ¿Se habrá peleado con la profesora como lo hizo el verano pasado?

Me contestó la maestra enseguida. Me dijo: “Silvia, son las tres y media y no han venido por Zoe”. Las clases terminaban a las tres. Eran tres y media. Yo le había avisado a la profesora en la mañana, cuando fui a dejar a mi hija, que la nana pasaría por ella a la salida. Sentí que algo se derrumbaba dentro de mí. Llamé a la nana, le pregunté: “¿Dónde estás?” “En la casa”, me contestó, muy suelta de huesos. Y yo, que soy una mujer tranquila, de pronto me vi gritando al teléfono como hacía mucho tiempo no le gritaba a nadie. El mensaje que ella dio esa tarde con su actitud fue: me distraje, porque no me interesa tu hija. Al menos yo lo sentí así y ya me había parecido sentirlo antes, pero esa tarde lo confirmé y me dije: no puedo tener a alguien así trabajando en mi casa. Pensé, hoy mismo la despido aunque tenga que limpiar esta casa yo misma y tenga que encargarme de todo al cien por ciento. Y lo mismo pensé hoy cuando encontré el queso vencido en el fondo de la refrigeradora.