Vida de estrella

Estoy en Los Ángeles y he quedado maravillada con esta ciudad. Siete días se me hacen cortos para ir a todos los lugares que quiero conocer. Cuento y aprovecho los días como si fueran los últimos de mi vida. No quiero volver a casa y esto no me pasa a menudo.

Pocas veces algo me deslumbra. Pocas veces una ciudad me sorprende y me hace sentir a gusto como esta. La gente es lo mejor que tiene. Es interesante, elegante y al mismo tiempo creativa, no tiene miedo de vestirse distinto. Creo que por eso me encuentro tan a gusto. No porque me considere elegante o creativa, sino porque la creatividad la he perseguido siempre. Más ahora que estoy haciendo videos para Youtube. Mis Youtubers preferidos viven en esta ciudad. En al calle veo carteles enormes con sus rostros. Esta es una ciudad avanzada porque en las calles se ven carteles de Late Shows, de Youtubers, de películas que, siendo una cinéfila resignada, no sabía que estaban por salir.

Estoy fascinada también porque me estoy quedando en el hotel donde se queda mi cantante preferido. Me estoy bañando en la piscina donde lo hace él cuando viene a pasar temporadas a Los Ángeles. Incluso estoy comiendo en el mismo restaurant al que él va. Ese lugar de comida italiana que queda a unas pocas cuadras del hotel, al que hemos ido todas las noches desde que llegamos porque, sin ser demasiado refinado, es una delicia absoluta. Es probablemente el mejor restaurant al que he ido. Sin dosis altas de lujo en la decoración, pero aún así muy elegante y con gente local, toda muy distinguida. Es un restaurant que quizás no aparece en Google cuando le pides recomendaciones de restaurantes y por eso tiene tanto encanto. Tenemos muchas otras opciones en el barrio y solo hemos ido a ese. Mi hija fascinada con la milanesa de pollo y el risotto, mi esposo y yo con los ñoquis de cuatro quesos en salsa rosada, los spaguetti al pesto o con salsa de tomate, el vino tinto, el champagne y el café: todo exquisito.

Siento que podría vivir en esta ciudad. Hay un Whole Foods a la vuelta del hotel, hay una tienda estilo farmacia muy completa, más que el CVS del barrio de mi casa. Anoche paramos para comprar cápsulas y comprimidos para aliviar no tanto una dolencia sino la culpa de haber comido pasta cuatro días consecutivos. Me sorprendió encontrar en la sección de cosas íntimas unas pastillas llamadas Plan B, un contraceptivo de emergencia. Estaba esa y otra llamada Your way. Me pareció un paso adelante hacia la modernidad o hacia lo que se debería vender en todas las farmacias del mundo.

Hemos alquilado un auto y nos hemos perdido entre las calles enrevesadas de las montañas de Hollywood Hills, a las que hemos subido buscando las mansiones de las grandes estrellas. Hemos caminado las calles de Beverly Hills y hemos visto todas esas tiendas de lujo y yo no me he atrevido a entrar a ninguna, al menos hasta ahora, porque tengo miedo de terminar comprando algo que vale más que mi vida, o por lo menos mi vida de escritora. Porque cuando he estado en esta ciudad he sentido que podría sumergirme en el mundo de la frivolidad de Beverly Hills sin ningún problema, o podría entrar a UCLA y estudiar actuación o cine, o podría vivir en una casa modesta de Malibu y correr olas todos los días. Esta ciudad despierta mis distintas personalidades y por eso creo que me siento tan cómoda en ella.

De todas las ciudades que he visitado con mi esposo y mi hija las que más me han gustado han sido Montreal y esta. Ambas son ciudades a las que quiero volver todos los años. Principalmente porque siento que aprendo. Aprendo de arte y de música y de comida y sobre todo de la gente, toda tan ganadora y tan inspiradora. Es gente práctica, sin culpas religiosas. Es gente que tiene una historia que contar y que no parece tener miedo de ser diferente.