Paciencia infinita

Nunca me consideré una persona especialmente paciente. Los niños me encantan. Pero no soy ese tipo de persona que sabe como entretenerlos o disciplinarlos. Será porque nunca tuve hermanos menores. Crecí rodeada de adultos y desde muy pequeña aprendí a jugar sola. Mi paciencia la trabajé en relación a adultos, no niños.

Por eso desde que soy madre he tenido que entrenar mi paciencia en relación a mi hija, a sus amigas y amigos que vienen a casa o que se suben a mi auto. No ha sido fácil. Todavía no es fácil. Con mi hija, lo más difícil es no caer en sus provocaciones cuando le digo que no a algo. ¿Puedo ir a casa de tal amiga? Hoy no. Y monta una escena de gritos para desahogarse y quizás en el fondo también para que yo termine tan frustrada como ella.

He pisado muchas veces el palito y creo que en ocasiones lo seguiré pisando. No es fácil detenerse y respirar. El instinto humano es contestar enseguida, ofuscarse, amenazar de vuelta.

Con sus amigas o amigos el asunto es aún más delicado. A mi hija le puedo llamar la atención. ¿Pero puedo hacerlo con niños que no son mis hijos? Antes no hacía nada. Ahora si veo algo que no me gusta ya no me quedo callada. Lo digo de manera tranquila y firme: no hagas eso, no me gusta. Es una manera de enseñarle a mi hija que sus amigas también deben respetarme. Todo esto parece una obviedad pero antes yo era la persona que se quedaba callada por evitar un conflicto o porque siempre es más difícil decirlo en voz alta. Para mí al menos es más fácil quedarme callada frente a personas con las que no tengo mucha confianza.

Mis padres nunca me castigaron quitándome cosas. Nunca me prohibieron ver tele o me dijeron no sales de tu cuarto en todo el día. No recuerdo haber peleado mucho con ellos mientras era una niña. Sin embargo mi hija sí me dice cosas que yo nunca le hubiera dicho a mis padres a su edad. ¿Debo preocuparme? Tal vez. Igual creo que es mejor ocuparse del tema y no solo preocuparse. Y eso estoy haciendo.

Mi educación sentimental se fue formando a medida que yo fui entendiendo que cada una de mis acciones tenían consecuencias. Y eso mismo quiero enseñarle a mi hija: no esperes que premie una conducta negativa. Y cuando digo premiar no me refiero a cosas materiales, me refiero a mi atención, al tiempo que le dedico solo a ella. El mensaje es: si me contestas o me tratas mal, no esperes que pase la tarde contigo jugando a las muñecas. Si quieres mi atención, debes tratarme con respeto.

Estoy aprendiendo a ser paciente y no contestar de un modo agresivo cuando ella me provoca. Pero me ocurre también que cuanto más paciente he tenido que ser, más agotada estoy a la noche. Es una sensación extraña. Es un profundo cansancio y al mismo tiempo la idea de que no hice nada para estar tan cansada. Otros días son fáciles y felices: mi hija respeta mis espacios y me deja trabajar sin interrumpirme y acepta con calma cuando le digo que no a algo.

También me parece importante que mi hija entienda que si bien soy su madre y la adoro, no puedo estar todo el tiempo disponible para ella. En algún momento lo estuve. Pero siento que ahora que tiene cinco años ya es momento de que entienda que además de ser su madre, también tengo cosas que hacer: tengo que avanzar mi nueva novela, tengo que escribir mi columna, tengo que grabar o editar el video que voy a subir a Youtube, tengo que ordenar una parte de la casa. Si algo he aprendido en este último tiempo es que no importa cuán pequeña es la actividad que estoy haciendo, ella debe esperar a que yo termine. Y si entra a mi cuarto mientras estoy trabajando, decirle con mucha tranquilidad que estoy ocupada, llevarla de la mano de vuelta a su cuarto. Si ya se aburrió de jugar con sus muñecas, sacarle sus ollas de juguete o sus legos o su caja de colores, proponerle alguna actividad que le resulte atractiva para yo poder volver a lo mío. Esto suena simple, pero quienes tienen o han tenido niños pequeños sabrán que es toda una maña.

También he aprendido, y esto no tiene que ver mucho con la paciencia pero es importante igual, que en la medida en que yo me haga respetar, ella hará lo mismo frente a sus amigas y amigos. Se aprende más de los hechos que de las palabras, pero para eso se requiere una paciencia infinita.