Lo que realmente aprendí en el colegio

Cuando trato de recordar qué aprendí en el colegio se me vienen a la mente cuatro palabras: suma, resta, multiplicación y división. Trato de recordar alguna fórmula química que aplique hoy en mi día a día, alguna fecha histórica relevante que haya aprendido en horas de clase, algún problema matemático con el cual hoy resuelva algún asunto práctico en el supermercado o cuando voy de compras en general, pero la respuesta es no, nada. Casi todo lo que aprendí en el colegio lo olvidé o no me sirve ahora.

Podría decirse que en el colegio aprendí a hablar y escribir en inglés y en alemán. Aunque este último también casi lo he olvidado por completo, porque nadie que viva cerca de mí habla ese idioma. Por lo tanto sólo soy capaz de encontrarlo cuando pongo el canal alemán en la televisión o cuando me topo con alguna noticia escrita en ese idioma. Creo que ya no podría decir que hablo fluido alemán como lo hablé en algún momento en el colegio. Mucho menos escribir esos textos de tres o cuatro páginas que escribía para mis exámenes del colegio. Ahora solo me limito a escuchar, recordar palabras que había olvidado y entender la idea general.

De nuevo, siento que casi todo lo que aprendí en el colegio ha quedado esquinado en algún rincón de mi memoria. Diría que lo más valioso que aprendí en el colegio tiene que ver con el amor y con la libertad.

Digo libertad porque tuve la suerte de ir a un colegio donde no se usaba uniforme. No había normas en ese sentido: cada uno podía vestirse como le pareciera. Podías maquillarte, vestir pantalones ahuecados, llevar el pelo largo hasta la cintura, incluso si eras hombre, de hecho veía a varios chicos con el pelo así y no recuerdo que los miraran mal por eso. Podías llevar rastas y barba si la tenías, podías no bañarte si querías. Lo que parecía importar sobre la apariencia eran tus ideas y tus calificaciones. Eso fue algo que agradecí y aprecié de mi colegio, ya que en una época prefería vestirme con pantalones muy holgados, camisetas que me quedaban grandes y zapatillas de skater. Me gustaba vestirme de una manera masculina, por ponerle una etiqueta, y no recuerdo que alguien me hiciera un reproche al respecto.

Diría que aprendí sobre el amor porque fue en esa época en que sentí que era capaz de amar a una mujer. Una mujer que además me llevaba algunos años. No diría que fue fácil entender lo que me estaba pasando: todo lo contrario. Fue una época llena de frustración porque esa mujer no me veía con los mismos ojos que yo a ella. Entonces no fue fácil para mí aceptar sin miedo lo que me estaba pasando en primer lugar, y luego lidiar con el rechazo, o con la constante sensación de que la respuesta siempre era: no, quizás mañana, pero hoy no. Pero fue lo que fue y ahora veo con cierta ternura esa etapa de mi vida y la asocio también con una necesidad de verme identificada en otra mujer. En una mujer que pudiera ser como mi mamá en cierta manera. En una mujer que pudiera cuidar de mí o mirarme como quizás mi madre no lo hacía en ese momento.

Fue en la época del colegio que aprendí que también soy capaz de amar a un hombre. De hecho fue en tercero de media que me enamoré por primera vez de un chico y fui correspondida y viví el primer amor como un auténtico cuento de hadas. Risas tontas, mariposas en el estómago, promesas de amor eterno. Me tomó un par de años, pero fue en el colegio también, cuando me di cuenta de que ese es un tipo de amor que no es cien por ciento real, o por lo menos que no dura para siempre. Estaba en quinto de media cuando él me dijo que necesitaba un tiempo para pensar, en realidad lo que necesitaba era un tiempo para tener sexo con otras mujeres, y yo en ese momento le creí, pero aún así sentí que algo se había roto: No solo su promesa de quererme para siempre, algo entre nosotros se rompió entonces, porque yo dejé de confiar en él.

Siento que lo más valioso que sé ahora, lo aprendí llorando, no lo aprendí en horas de clase. Lo que realmente me sirve en el día a día, que es: respirar antes de contestar alguna palabra hiriente, encajar el golpe cuando alguien dice algo que no te gusta, sonreír aunque no tengas ganas a esa persona que te ve en la tele y te saluda en un momento en el que quisieras estar sola, todo eso que tiene que ver con “sostener” los sentimientos, no explotar, mantenerse cool, sobreponerte al mal rato, todo eso me sirve más que cualquier fórmula matemática, y no lo aprendí en horas de clase, diría que fue más bien en horas de recreo.

Lo aprendí cuando ella me dijo: cada vez que me hagas una escena de celos, no voy a contestar tus llamadas y tus mensajes, te voy a ignorar. Aprendí mucho de eso. O cuando estaba en clase y él me mandó un mensaje frío diciéndome que teníamos que hablar, yo sabía que iba a terminar conmigo y tuve que contener el llanto en medio de la clase.

El colegio fue una etapa genial porque me quedaron buenos amigos, recuerdos que me han servido para escribir novelas, y una educación sentimental que hoy me sirve para reírme un poco de este par de genios locos que son mi esposo y mi hija de cinco años.