El pez anaranjado

La semana pasada mi hija asistió a una fiesta de cumpleaños. Cerca de la hora en que debíamos pasar a buscar a nuestros hijos, la mamá de la cumpleañera nos escribió un mensaje en inglés al grupo de Whatsapp: “Tengo buenas y malas noticias. La buena noticia es que todos se están pasándola súper, la mala es que me temo que todos se llevarán un pez de regalo a casa”.

Se me pararon los pelos. ¿Un pez? Yo no quiero un pez en mi casa. Tuve una mala experiencia hace poco, cuando una amiga tuvo que viajar y me pidió que le cuidara el pez a su hija. El pez no comió desde que llegó y al tercer día juro que estaba deprimido. No nadaba, no comía, solo mirada a través de la pecera el vacío. Ese pez sabía que no estaba en su casa y estaba triste seguramente sospechando que había sido abandonado o por lo menos regalado. Devolví al pez con mucha pena y diría que poca vida, a la semana siguiente mi amiga me dijo que el pez había muerto.

Entonces cuando se me dijo que mi hija volvería a casa con un pez pensé: es una mala idea. Tenemos viajes programados, ¿quién se supone que alimentará entonces al pez mientras nosotros no estemos en casa? Me quedaba claro que no podía encargárselo a otra persona. Seguro se iba a deprimir y morir de la pena, como me pasó con el primer pez.

Antes de que mi hija llegara a casa miré en Amazon peceras pequeñas con piedras de colores y plantas de mentira. También busqué un aparato que alimentase por sí solo al pez para cuando viajásemos. No pude evitar sentir que este era un regalo un tanto arriesgado, y que regalar un ser vivo, por más diminuto que este sea, no es tan simple como parece, pues nunca sabes los planes de la familia que recibe el regalo, en nuestro caso los planes eran los viajes ya programados.

Fui a buscar a mi hija a la fiesta y apareció con una bolsa de plástico llena de agua y el pez anaranjado nadando dentro. Lo llevamos a casa. Antes paramos en CVS y compramos comida para pez y en la ferretería para conseguir algo parecido a una pecera. No había una tienda de animales cerca y tenía que ir a trabajar en unas horas. No era una opción salir de la isla en ese momento.

Llegué a casa y puse al pez en su nueva pecera redonda y pequeña. Empezó a nadar en círculos, como si estuviera asustado. Pensé, no se puede quedar en la casa, la está pasando mal. Mi hija para entonces ya le había puesto un nombre: María Delfina.

Al día siguiente lo alimenté tal y como se me dijo: una pizca de la comida para pez, solo lo que entrara entre el dedo índice y el pulgar, lo suficiente como para que el pez comiera durante tres minutos. Okay, lo hice así y lo dejé en paz. Media hora después bajé a ver a pez y noté que seguía comiendo. Comía desesperadamente, como si comiera por ansiedad. No sé si los peces hacen eso, pero ese pez, media hora después, seguía comiendo. Pensé, va a morir de indigestión. Cambié el agua de manera que pudiera limpiar los restos de comida y así evitar que siga devorando todo a su alcance. Como no se le puede poner agua de caño, tuve que poner casi cuatro botellas de agua de las que tomamos en casa. Por un momento sentí que era un miembro más de la familia y calculé cuantas botellas más de agua tendría que comprar si el pez se quedara a vivir aquí. Pensé tengo que conseguir las benditas gotas que le quitan el cloro al agua, sino la cuenta del supermercado va a salir bastante más cara.

Quise ir a la tienda de mascotas. Pero era un fin de semana imposible de salir de la isla. Justo ese fin de semana se jugaba la final del Miami Open en Key Biscayne, y por lo tanto las colas de autos que se forman para entrar y salir de la isla son interminables. Te puedes quedar tres horas parado en tráfico si tienes mala suerte.

No podía salir de la isla. Pensé, este pez se va a deprimir para cuando acabe el torneo de tenis. Al Whatsapp llegaban mensajes diciendo: “le cambié el agua a mi pez y murió”, “el mío también murió hoy, no sé bien por qué”. Mientras tanto mi hija veía con curiosidad al animal nadar de un lado a otro y me preguntaba por qué estaba asustado. Le dije que quizás se sentía solo. Que para él una pecera así era como estar en un cuarto sin muebles, ni cama, ni juguetes. Para entonces tenía dos opciones: recibir a María Delfina en la familia y esperar al lunes y conseguirle una buena pecera y un compañero anaranjado más y comprar el bendito aparato que alimenta a los peces automáticamente, con el riesgo de que en dos semanas ambos peces se depriman de todos modos y mueran y me dejen la pecera y el alimentador empolvándose en el depósito, o encontrar la manera de dejar ir al pez y darle un final feliz, o por lo menos liberador.

Mi esposo intervino. Me dijo que había que liberar a ese pez. Me recordó que debajo de la oficina de pediatras de la isla había un estanque de peces de todos los tamaños, en agua dulce a los cuales una persona encargada los alimentaba todos los días. Me pareció una idea fantástica. Solo había que explicárselo a nuestra hija.

Por suerte nuestra hija aceptó dejar en libertad a su pez. Fuimos los tres al estanque y dejamos caer a María Delfina al agua junto con los demás peces. La vimos nadar, parecía feliz. Pero mi hija se puso a llorar diciendo que extrañaría a su pez. Le dijimos que siempre que quisiera podía venir a ver a su pez. Que era mejor liberarlo, que así iba a estar más contento, junto con otros peces. Habían muchos peces de su tamaño. Le dijimos también que si en un tiempo tenía muchas ganas de tener una mascota, podíamos conseguir una linda pecera con otros peces, o incluso un conejo. Pero que el momento para tener una mascota era mejor que lo decidiéramos nosotros. Luego fuimos a tomar un helado. Esa noche hizo un dibujo de ella y su pez y arriba escribió “I miss you”. Estaba a punto de arrepentirme de todo esto, pero ha pasado una semana y no ha vuelto a mencionar al pez anaranjado.