Contadora de historias

Hemos venido unos días a Barcelona y Madrid. Él presenta una nueva novela y yo lo acompaño feliz. Nuestra hija se queda en casa con mi madre que la cuida con mucho amor y más paciencia de la que yo tengo día a día. Es duro despedirse del ella. Duele de veras. Uno siente que está fallando. Pero ya lo hemos hablado, es Europa, el cambio de horario no le asentará bien, y además haremos otros viajes con ella la semana siguiente después de volver a casa.

Es un vuelo de nueve horas. Es el cambio de horario, es la preocupación de que él pueda adaptarse a dormir más temprano, tomando la medicación recetada, ni media pastilla más. Nos ha costado mucho llegar a este lugar de estabilidad y felicidad. No queremos echarlo todo a perder por un viaje a Europa y de eso hablamos en el vuelo, cuando ya todos a nuestro alrededor han reclinado sus asientos y se han quedado dormidos. Nos prometemos que todo saldrá bien.

Los dos primeros días son duros por el cambio de horario. Pero lo logramos, dormimos poco durante el día, aunque en nuestros cuerpos es hora de dormir, y salimos a caminar por La Rambla de Cataluña, deteniéndonos en alguna tienda a comprarle algo a nuestra hija, o a tomar un café más. A pesar de que acabamos de llegar y estamos cansados, todo tiene una cierta magia.

Al día siguiente empiezan las entrevistas, las preguntas de siempre; ¿son una pareja abierta?, ¿tienen otros amantes en paralelo? Y mientras escucho todo eso solo siento que los personajes inspirados en nosotros son más interesantes que nosotros mismos, es decir, que nuestra vida contada en tono de ficción es bastante más arriesgada, temeraria y por qué no divertida en comparación a nuestras propias vidas.

Al segundo día nos hemos adaptado perfecto y hemos descubierto con asombro que podemos cambiar nuestros horarios de sueño sin mayores contratiempos y necesitad de tomar pastillas extra. Es un pequeño triunfo personal, o más bien familiar, porque pensamos que la próxima vez que volvamos, en un año o dos, podemos hacerlo ya con nuestra hija. Le hemos dicho que este será nuestro último viaje sin ella y ella nos ha dicho está bien, todo bien, quizás porque sabe que la siguiente semana haremos con ella un viaje a una ciudad que nos encanta.

Al cuarto día siento que he comprado más cosas de las que necesito y que lo que realmente tendría que hacer es visitar un museo o algún lugar histórico. Pero no hago nada de eso. Mientras él da entrevistas en el hotel y responde con infinita paciencia todas las preguntas de los periodistas que han leído la novela (y los que no también), yo camino escuchando música por calles que me resultan fascinantes y por alguna razón también familiares, como si hubiera estado aquí muchas veces.

Me detengo en tiendas y compro cosas para nuestra hija que acaba de cumplir cinco años y que nos saluda por Facetime y nos habla como si nosotros fuéramos sus hijos, nos dice que está feliz con su abuela, que por favor le llevemos Shopkins, que eso es lo que está necesitando por ahora. Siento que nos extraña y echa de menos no haber venido con nosotros. Pero ella tiene mucha inteligencia para adaptarse a toda clase de situaciones. Por eso él y yo solemos llevarla a todas partes y estamos convencidos de que vendremos a Europa con ella la próxima vez.

Yo hacía mucho que no tenía un momento para ser solo esposa y mujer. Cuando estoy en casa soy mamá y esposa y a la noche si no estoy perdida en Netflix soy escritora y avanzo esa nueva novela que parece que no tiene cuándo terminar. Ahora estoy lejos de esa faceta de madre, pero estoy tranquila porque es mi madre quien está con mi hija y por alguna razón ahora no hay otra persona en el mundo en quien confíe más para que la cuide.

Es un placer entrar a las librerías y encontrar tantos títulos de libros en español, ver una cola enorme de gente para pagar en caja. Es un placer ir al estadio y ver fútbol de calidad. En ambas ciudades, tanto en Barcelona como en Madrid hemos ido a ver partidos de cada club y ha sido una experiencia fascinante. El Camp Nou me impresionó por su elegancia. Aunque el Barza perdiese contra el Valencia, ver a esos atletas correr y jugarse el aliento en cada jugada era muy inspirador. El Barza es como una selección de los mejores jugadores del mundo y fue un privilegio verlos jugar de cerca. Me impresionó que el estadio entero aplaudiera a sus jugadores, incluso cuando hacían una jugada no tan buena. El Bernabéu también me gustó mucho. El Real Madrid es un gran equipo. Ronaldo es un jugador tan bueno que a ratos parece que fuera de otro planeta.

Todavía faltan un par de noches para irnos. Escribo esto sentada en el suelo de la habitación del hotel. Él está en el otro ambiente del cuarto escribiendo también. Y aunque a veces me diga a mí misma que ya debería haber terminado la novela que estoy escribiendo, o pienso en que debería empezar a escribir una historia más personal, aunque me haya detenido en más tiendas de lo necesario, aunque no haya un solo título mío en alguna de las librerías de esta ciudad, al final del día siento que soy una contadora de historias. Y aunque tarde en publicar, aunque mis libros aún no conozcan las librerías de ciertas ciudades, cuando tengo que contar una historia no lo pienso dos veces y eso no me hace especial, pero al menos me hace feliz.