Ahora somos tres

Estoy en un avión rumbo a Buenos Aires. Mi hija duerme a mi lado y mi esposo teclea sin descanso una nueva novela en el asiento de atrás. Lo envidio. Envidio la disciplina que tiene para escribir todos los días, incluso si tuvo un día agitado o está en un avión. Mi hija duerme profundamente rodeada de almohadas, echada por completo en el asiento reclinable. La envidio un poco también.

Han pasado ya cinco años desde que soy mamá. Ha sido un viaje corto y feliz. Digo corto porque siento que los años han pasado muy rápido. Recuerdo como si fuera ayer que era una bebé recién nacida y yo la tenía en mis brazos y la vi sonreír por primera vez. Ver su sonrisa me emocionó hasta las lágrimas. Y eso que quien me conoce sabe que eso no me pasa con facilidad.

Recuerdo esa corta época en que me dije yo me voy a hacer cargo de ella día y noche, pero al poco tiempo tuve que pedir ayuda. El corte de la cesárea y el tiempo que ya no le estaba dedicando a mi esposo me hicieron decir a regañadientes: necesito una nana. Ha pasado el tiempo y por alguna razón eso lo siento como una derrota personal. Quise hacerlo todo sola y no pude. No pude porque me tomó un tiempo aprender a ser una buena compañera de mi esposo. Nos casamos poco antes de que ella naciera.

Salir al cine juntos, conversar solos hasta tarde eran cosas que de pronto me resultaron tan importantes como cambiarle el pañal a mi hija. No quise perder la cercanía con él y elegí tener a una persona que cuidase de mi hija en los momentos en los que no podía estar ahí.

Pienso que a la larga fue una buena decisión porque fue en esas conversaciones de madrugada y salidas a comer con mi esposo que sentí que estábamos sellando una complicidad que con el tiempo fue trayendo más y más felicidad a la casa.

Conseguimos eso que mucha gente sueña tener: un matrimonio feliz. Todo iba bien. Nuestra hija nunca nos vio pelear, cuando estábamos los tres todo siempre fue risas. Pero después de los dos primeros años empecé a sentir que mi hija necesitaba más de mí, que tener una nana estaba bien, hacía las cosas bien, al punto que ya no necesitaba que yo le diga qué hacer.

Y ese fue mi problema. De pronto sentí que la nana tomaba decisiones sobre mi hija que me incumbían a mí. De pronto sentí que tenía un matrimonio feliz, pero empecé a echar de menos haberle cambiado más pañales a mi hija, pasar más malas noches con ella, haberle dado más biberones y haberla dejado ensuciarse más con la papilla. De pronto sentí que las cosas en mi casa no se estaban haciendo como yo quería, ni siquiera como mi esposo quería. Sentí que muchas de las decisiones que tenían que ver con mi hija y mi casa las tomaba una persona a la que le teníamos cariño, pero la verdad no tenía por qué hacerlo.

Fue entonces cuando poco a poco empecé a tomar más control sobre mi hija y mi casa. Creo que en ese momento terminé de hacerme adulta, o mujer. Tenía veinticinco años cuando dije: a partir de hoy me encargo yo. Hoy se almuerza esto, hoy mi hija se viste así, hoy me la llevo a la playa y nos vamos solas, ella y yo, sin nadie más. La relación con mi esposo estaba consolidada, pero ahora faltaba mi hija.

Y me siento mal por eso. Me pesa no haber podido con todo. A veces me digo que era imposible y entiendo por qué algunas parejas deciden casarse primero y esperar un poco a tener hijos. Otras veces siento que la mujer que soy ahora, a los veintisiete sí hubiera podido con todo.

Porque hoy muchas veces duermo cinco o seis horas, o duermo en partes, porque las noches las paso con él, conversando hasta la madrugada, y me despierto a las siete de la mañana para llevar a mi hija al colegio. Luego regreso a casa y duermo un poco más, pero ya casi nunca no duermo de corrido, porque ella viene a buscarme en las mañanas y está bien así. Va a llegar un momento en que ya no lo va a hacer y probablemente echaré eso de menos también.

Por eso no me quejo. Por eso y porque siento que desde que tengo absoluto control sobre mi hija y todo lo que tiene que ver con ella, su respuesta ha sido enormemente positiva. Tal vez me fui al otro extremo, pero no dejo que nadie bañe a mi hija, o la vista para el colegio. No importa cuán tarde me acosté, siempre estoy ahí para ella en las mañanas y en las tardes también para buscarla con su padre a la salida del colegio.

Mi hija ahora se identifica conmigo y con su padre, con nadie más. Y eso nos ha unido mucho como familia. Ya no es solo mi esposo y yo, ahora somos tres. Salimos juntos a todas partes, a comer, al teatro, al cine. Incluso hemos ido al programa de televisión de él. Y no deja de sorprenderme la inteligencia con la que ella se adapta a cada situación. No pierde el humor, conversa con gente que no conoce, y en la televisión insistió en salir al aire aunque sea un momento. Cada viaje que hacemos es con ella, como ahora, que hemos tomado un vuelo de nueve horas desde Miami a Buenos Aires, porque es una de nuestras ciudades preferidas y porque queremos que ella la conozca con nosotros.