El amor inesperado

El ipod. Los audífonos. La música. Las zapatillas. Los pasos largos. Los pantalones rozando el suelo. La mujer perdida. La mujer triste. La mujer que quiere estar sola. Está enamorada del escritor. Él no lo sabe. Ella tampoco.

El escritor tiene un novio. Eso a ella no le molesta. Ella estuvo antes enamorada de una mujer. No pudo ser su novia. Es una herida abierta.

Ella está escribiendo una novela. Escribe todos los días. Escribe con pasión. Escribe pensando que está escribiendo una gran novela. Escribe con ilusión. Escribe de día y de noche. Cuando no escribe corre. Corre sola por el malecón mirando el cielo y el mar de noche. Cuando llega a un parque se detiene y mira el cielo. Busca su estrella. Casi todos los días la encuentra. Siente que brilla para ella. Siente que mientras esa estrella brille más que las demás será una señal de que debe seguir escribiendo.

Ella lo ha dejado todo por ese sueño. Ha dejado la universidad para escribir día y noche. Ha dejado a su novio para poder tener tiempo para ella. Ha dejado de hablarle a la chica de la que se había enamorado. Solo piensa en una cosa: publicar esa novela.

Un año después sale la novela. Ella va al programa de televisión del escritor. Cuentan que están juntos. Es un escándalo. Él es veinticuatro años mayor que ella. Tiene novio. Está divorciado. Estás loca, le dicen sus amigas. Pero ella no quiere dejar de ver al escritor. Quiere seguir escribiendo. Esta vez quiere contar la historia de cómo se enamoró de la mujer que no quiso ser su novia.

Sola en un departamento, la mujer triste se encierra a escribir. El escritor le manda mails. Está trabajando en otra ciudad. Viene los fines de semana a visitarla. Hacen el amor. Luego él se va. Ella se queda sola y escribe, solo escribe. Escribe con menos ilusión que antes. Pero escribe porque tiene una historia atravesada en medio del pecho. Es una llama que quema y que tiene que sacársela de encima.

A ratos nada parece tener sentido. Ella debería estar en la universidad, saliendo con uno, dos y hasta tres chicos a la vez. Debería estar bailando en una discoteca. Pero la mujer prefiere tomar sola en su casa. Escribir y salir a correr, comer algo al paso. La mujer se ha asumido como un bicho raro. Ya casi no le quedan amigos. No está orgullosa de eso. Quisiera ser otra persona. Pero está condenada a vivir bajo esa piel marcada por las heridas y cicatrices que le han dejado ciertas historias.

Una noche el escritor viene a verla. Es de noche. Es de madrugada. Ella ha dejado la puerta abierta del departamento por descuido. Él entra y camina a la habitación en la que duerme ella en medio de la oscuridad. Se mete a su cama. Se besan. Hacen el amor. Algo es distinto esa noche. Cuando él se va, ella llora y siente que algo ha cambiado. Siente que volverá a verlo muchas veces más.

Después de esa noche él se queda en la ciudad. Se queda en el departamento de ella. Salen juntos de noche. Van al cine. Van a tomar helados y comer cosas al paso.

Un mes después, ella descubre sola en el baño que está embarazada. Son cinco las pruebas que compra en la farmacia. Todas positivo. Él no está en el departamento. Lo llama por teléfono. Se lo cuenta. Él le dice que es algo bueno.

De pronto ella ve libros, una computadora y muchas letras en el aire. Es un torbellino. Todo lo que ella creía que era importante deja de serlo de un momento a otro. Ahora había algo latiendo fuerte dentro de ella. Y latía más fuerte que cualquier pasión anterior por escribir y contar historias. Latía vida dentro de ella. Latía y parecía ser felicidad. ¿Dónde quedaban entonces la tristeza y la apatía? ¿Dónde quedaría el motor de tantas historias tristes y trasnochadas?

El novio del escritor se enfureció. La ex esposa reclamó. Ella se encontró a si misma en medio de un torbellino de insultos y ataques. La apatía jugó a favor. El bebé siguió latiendo con fuerza. Él escritor le dijo vámonos. Y se fueron juntos. Tomaron un avión y no volvieron más. Llegaron a una casa vacía, sin muebles. Llegaron sin saber cuánto tiempo se quedarían.

El bebé nació y fue mujer. Le pusieron “vida” en griego. Desde el día en que nació, fue como un ápice de luz que entró por los ojos de ambos. Y con el tiempo esa luz se convirtió en brillo y les demostraba que el nombre no era en vano. Esta era una nueva vida para ambos.

La casa fue llenándose de muebles, cuadros y sonrisas. Eran tres los que bailaban en los pasillos, los que se bañaban en la piscina, los que soplaban las velas de un cumpleaños más. La bebé se convirtió en niña, y ellos, que tanto habían disfrutado de su soledad, de pronto se encontraron felices viviendo juntos.