Montreal

Hace unos días Zoe conoció la nieve. Se acercaba el cumpleaños de mi esposo y decidimos ir los tres a Montreal. Apenas advertimos que la temperatura estaba bajo cero, friolentos como somos, acostumbrados a vivir en una ciudad de clima tropical, corrimos a una tienda de ski y compramos botas impermeables, pantalones para esquiar, chalecos y casacas gruesas. Decidimos vestirnos como esquiadores profesionales a pesar de que nuestro único propósito era simplemente pasear por la ciudad, hacernos fotos en la nieve y en momentos de osadía hacer figuras de ángeles echados en la nieve.

Al salir del aeropuerto para subir al taxi, mi primera impresión fue: es frío, pero estamos preparados y, si logramos tener el cuarto del hotel con la calefacción a la temperatura adecuada, es muy probable que durmamos bien y no nos resfriemos. Viendo la ciudad de noche desde el taxi, con mi hija durmiendo en mis brazos, y escuchando al taxista hablar en francés tuve la sensación de que estaba en alguna ciudad de Europa y no en Canadá.

Al día siguiente caminamos los tres por la ciudad rumbo a un café y luego a alquilar un auto. Había nieve por todas partes y la vereda estaba resbaladiza. Había que ir con cuidado. Me gustaba ver la ropa de los que pasaban a mi lado, todos muy abrigados, con las manos dentro de los bolsillos de los abrigos y la boca enterrada en una enorme bufanda. Las mujeres eran en promedio muy lindas y me llamó la atención ver a alguien fumando cigarrillos en casi cada esquina.

Apenas tuvimos el auto fuimos al Monte Royal que fue sin duda lo que más me gustó del viaje. La montaña cubierta de nieve y llena de árboles por todas partes, con casas en las faldas y calles laberínticas con nombres franceses que se cruzaban entre sí y que a ratos podrían hacerte olvidar que estabas en medio de un enorme monte. Tomaba no pocos minutos subirlo en auto hasta la cima para mirar la ciudad desde arriba. Fue como a la mitad del monte donde había una cabaña con calefacción y un pequeño restaurant adentro donde la gente que esquiaba se detenía a comer o tomar algo caliente. A pocos metros una pista de patinaje sobre hielo y una especie de deslizadero o rampa enorme donde desde lejos se podía ver a los niños deslizarse en unas llantas inflables a toda velocidad. Apenas nuestra hija vio eso no dudó en decirnos que quería probarlo. Advertí que los niños que lo hacían eran algo mayores que ella y me di cuenta de que la bajada no era pequeña, pero decidimos ir de todos modos y lanzarnos los tres. La primera vez casi lloramos los tres. Al día siguiente volvimos y nos deslizamos cuatro veces cada uno y al final Zoe reía al resbalar gritando: ¡otra vez!

Otro día fuimos a visitar a unos buenos amigos que viven en esa ciudad. Fue sin otra otro gran momento del viaje. Entrar a la casa de una familia que ha vivido ahí toda su vida y ver de cerca sus costumbres siempre es un aprendizaje. Cuando llegamos entramos a la casa y saludamos a nuestros amigos y a unos amigos de ellos que estaban ahí. Me tomó un rato darme cuenta de que nadie en la casa, ni siquiera los invitados, tenía puestos los zapatos. Y que mi hija, mi esposo y yo habíamos dejado unas huellas húmedas en el suelo al entrar por la nieve que traíamos de afuera en los zapatos.

Por recomendación de nuestros amigos, fuimos a visitar un mariposario y un jardín botánico. Estuvo precioso, pero lo recordaré no tanto por lo lindo sino por la caminata previa y después de la visita al lugar. Sin darnos cuenta estacionamos lejos del lugar y tuvimos que caminar más de diez minutos entre el frío y la nieve. Con la cara adormecida por el frío, estuve orgullosa de mi esposo y mi hija, que caminaron sin quejarse, luchando como yo cada paso sin regañar y tomándolo como parte de la experiencia del turista que no conoce bien la ciudad.

El último día, momentos antes de salir al aeropuerto, estábamos en el cuarto del hotel cuando él viene con cara de asustado a decirme que se equivocó y que se tomó la pastilla para dormir en vez de la pastilla para la caída de pelo. A las diez de la mañana. Me juró que fue un error y le creí pues estábamos a pocas horas de tomar el avión de regreso a casa. No me animé a pedirle que evacuara de algún modo la pastilla y solo me resigné a que sería un vuelo difícil, porque en cuestión de horas estaría cansado y por ende malhumorado. Y así fue. Sin embargo eso no logró opacar los días felices del viaje y el buen recuerdo que nos llevamos de la ciudad. Fue un placer dormir bien con calefacción, fue un placer hundir los zapatos impermeables en la nieve, fue un placer echarnos los tres en un rincón de nieve virgen y hacer figuras de ángeles, fue un placer volver sin estar resfriados, fue un placer sentir que nuestra hija ya está en edad de viajar con nosotros y que este es el comienzo de muchos viajes juntos.