Estoy escribiendo una nueva novela y creo que me estoy volviendo loca. Nadie me lo dice. Pero yo sé que lo piensan. No es la primera vez que me vuelvo loca. Ya he enloquecido antes. Tres veces. Tres veces he enloquecido y he imaginado que lo real es ficción y he creído que la ficción es la realidad. Ahora me está pasando lo mismo. Cuando él se va a la tele y ella duerme, me encierro tres horas a escribir, luego salgo a correr. Son tres horas de culpa, de sudor, de angustia, de un placer indescriptible. Un placer culposo, como si estuviera tomando una droga a escondidas. Cada línea escrita es una línea de esa droga que nunca he probado. Es una locura que no sé adónde me lleva, pero me embriaga y es más rico que tomar alcohol o fumar un porrito. Es una droga que no deja resaca ni deprime ni te hace hablar estupideces. Es una droga silenciosa. Quizá la única droga que te lleva al silencio.

Solo tiene un problema y es que te lleva a otra realidad. De pronto te encuentras hablando sola en tu cuarto y caminando en círculos y bajando a comer un donut y luego otro y tomando mucha pero mucho agua luego como si cada línea fuera una cuadra que dejaste atrás corriendo o montando bici o patinando.

Escribir una novela tiene también el problema de que te obsesiona. Es difícil despegarse de la historia. Estás todo el tiempo escribiendo, incluso cuando no estás escribiendo, estás mentalmente uniendo palabras, tratando de memorizar escenas, frases, rostros de gente que pasa a tu lado.

Escribir una novela te da una energía que no sabías que tenías, como si te hubieras tomando dos cafés expresso y sales a correr y corres y corres y sudas de una manera distinta, sudas más, inexplicablemente, las gotas caen por tu cara y te ciegan mientras corres, pero no te detienes, como cuando escribes sin pensar, no te detienes.

Escribir es como confesarse, piensas mientras corres, y ruegas que no haya un religioso a tu alrededor. Pero es una forma de redimirte de tu pasado, de tus pecados, de lo que hiciste mal y no pudiste cambiar, de lo que debiste hacer y no hiciste, de lo que aún no te puedes perdonar. Lo cuentas todo, de una manera o de otra, te confiesas contigo misma y te recuerdas todo lo bueno pero sobre todo, todo lo malo que hiciste, cada herida, cada error. Cada escena que crees que te inventas escribiendo la has vivido ya. No hay ficción sin realidad.

Escribir también tiene el problema de que te hace creer que estás siendo útil. Te hace pensar bueno no fui a la universidad, pero al menos estoy escribiendo estas líneas que nadie más podría escribir (para bien o para mal) y entonces sientes que está todo bien, que no necesitas hacer esa pinche maestría o meterte a clases de fotografía o regresar a psicología en la de Lima. Escribir te hace recordar por qué dejaste la universidad. Por qué te aburrías en clase. Por qué de pronto te empezaste a sentir una nerd. Por qué elegías leer a Carver en clase en vez de escuchar al profesor. Te devuelve esa sensación de libertad. Vuelves a tener dieciocho años y vuelves a caminar por las calles en tus zapatillas azules y tus jeans rotos. Vuelves a escuchar la música que escuchabas entonces y vuelves a cantar sin pudor en la calle.

Escribir tiene ese problema también: te da eterna juventud. Te hace sentir invencible. Te hace sentir que eres una escritora. Que eres la escritora maldita. Te la crees. Crees que putamadre lo estás logrando. Porque sabes que ser una escritora no es solamente haber encontrado una editorial. Es sentarte a escribir todos los días y entender o resignarte a que para eso naciste y no sirves para nada más y lograr sentirte de alguna manera contenta por eso.

Escribir es creer que tus personajes existen y corren contigo todas las noches sudando y te hablan y tú les respondes y te regocijas imaginándolos. Dándoles una cara, una manera de hablar, de vestir, de reír, de traicionar.

Te toma un tiempo regresar a la realidad después de escribir. Por eso sales a correr. Porque en esas tres horas y un poco más eres un ser un humano que no habla. Caminas de aquí para allá con tu laptop bajo el brazo como si fueras un mono que cree que le van a arrebatar su banano.

Si me ven corriendo de noche, si ven pasar a una mujer corriendo a toda velocidad, si notan que no miro, que no me detengo, que no respondo, que balbuceo y me comporto como una cavernícola depilada, es que vengo de escribir y todavía estoy aterrizando a la realidad. No creo que esto sea halagador. Todo lo contrario. Lo más probable es que piensen: ay déjala, pobre, está loca.