Hay demasiada gente a la que le gusta la moda. Casi todos quieren ser parte de esa manera de hablar, de vestir, de bailar. Casi todos quieren estar en ese lugar que a los ojos de los amigos te da cierta importancia. Yo ciertamente no.

Antes pensaba que estar a la moda era cool o por lo menos divertido y ahora, con cada día que pasa, con cada viaje que hago, con cada día feliz que paso en esta casa, me doy cuenta de que lo conveniente, al menos para mí, es no estar a la moda.

Cada vez compro menos ropa y mi interés por ella declina más y más. Ya no sé qué es estar a la moda. Solo sé que me gusta la ropa que tengo y no quiero mucha más, de hecho creo que menos es más y cuanto más sencilla sea mi ropa, más tiempo me queda para preocuparme por otros detalles. Por ejemplo, por esas partes de mí que realmente importan (o al menos eso me han hecho creer), que son mi cara y mi cabeza. Ahora que no estoy a la moda uso más cremas para cuidar mi piel (porque la piel para mí es como una especie de ropa de la que no te puedes desprender ni cambiar demasiado así que más vale cuidarla) y dedico más tiempo a mantenerme creativa (o al menos a parecer que lo estoy), a tratar (aunque a ratos sospecho que en vano) de mantenerme despierta y curiosa y pensando en mi próximo libro. Y esto lo hago porque creo que una persona no es especial por la ropa que lleva o los lugares que frecuenta sino por lo que tiene en la cabeza.

No solo es mi ropa lo que me hace pensar que no estoy a la moda, sino los lugares a los que voy. Hace más de tres años que no piso una discoteca y me enorgullezco de ello. Me gusta divertirme no tan sanamente, pero con poca gente y si se puede en mi casa. No hay nada que me ponga más ansiosa que tener que ir a un lugar “fashion” (quién inventó ese término, por favor) y tener que ponerme en modo: “¡ay qué lindo!”, cuando todo o casi todo lo que veo en esos lugares suele espantarme, como las mujeres subidas en esos tacos que parecen pequeñas réplicas de las torres gemelas y a los hombres peinados con gel. Todos muy limpios y estirados y felices para mi gusto. Siempre me dio pánico escénico y aunque puedo lidiar con eso ahora prefiero evitar la fatiga. Ahora paso por alto los esfuerzos histriónicos y cuando quiero ver a alguien me reúno con esa persona en particular, en un lugar en el que haya buen champagne, sillones cómodos y luz baja.

Mi problema con la moda ha renacido hace unos días cuando llegué a la conclusión de que la moda es incompatible con el amor. El glamour consiste en ser elegante, en hablar bien de la gente, en decir cosas amables, positivas, en sonreír siempre. Y mi opinión del amor es que para cultivarlo, uno debe ser honesto, y eso no siempre significa decir cosas amables. Mi idea del amor es ser uno mismo, con la ropa más auténtica (casi siempre suele ser una pijama) y los sentimientos más verdaderos, los más primitivos, aquellos que uno solo quiere compartir con la persona que ama.

No hay nada mejor que una noche de sexo con la persona correcta. En mi caso es un hombre que al igual que yo le huye a la moda. Quizá por eso nos amamos tanto.

Porque tanto él como yo necesitamos estar con poca gente (y con poca ropa), salirnos juntos de la realidad conversando, comiendo uvas y fresas a las cuatro de la mañana, cruzando miradas al ver reír a nuestra hija, tratando de permanecer en la sombra.

Siento admiración por los que sobreviven vistiéndose bien todos los días, produciéndose, yendo a este evento y a este otro, cayendo siempre bien. Creo que no soy una persona naturalmente simpática. Me cuesta caer bien, no sé cómo hacerlo.

La moda suele estar rodeada de bulla y para mí la bulla también es incompatible con el amor. Los amores tranquilos no suelen encontrarse en discotecas y en bares de moda.

Y tengo la impresión de que cuanta menos ropa lleva una persona, más vulnerable es a ser ella misma. A menos ropa, menos poses. Menos abrigos, menos plumas en la cabeza, más genuina es esa persona.

Yo solo sé que quiero vestirme a mi manera, no dejar entrar a mucha gente a mi casa, cuidar a mi hija  y en la noche estar con mi chico con poca ropa. Cada conversación larga que tenemos, cada momento exento de glamour y de poses es un paso más a celebrar el amor de la manera menos glamorosa y más verdadera.

Esa es una de las razones por las que no quiero estar a la moda. Porque no se me da con naturalidad ni es algo que quiera cultivar.

Y lo confirmo las noches en que mi chico y yo terminamos de hacer el amor y nos quedamos echados uno al lado del otro, sonriendo, con el pecho todavía agitado, pensando: glamour, las pelotas.