Creo que este año que se termina, serán los doce meses que recordaré con más intensidad. Hay años que pasan más rápido que otros, años en los que uno siente que no ha ocurrido realmente nada importante o digno de apuntarse en una libreta personal. Pero hay años que parecen puntos de quiebre y traen muchos cambios. Unos para bien, otros para mal.

A riesgo de ser demasiado optimista, o quizás porque hoy desperté descansada y de buen humor, creo que este año ha sido bueno. Muy bueno. Ha sido un año con muchos puntos de quiebre y sorpresas y no exagero cuando digo que casi todas han sido buenas. Este año me casé. Este año fui mamá. Este año salió mi segunda novela. Este año me mudé. Este año he aprendido un número de cosas que, a diferencia de las cosas que estudiaba en la universidad, no se me olvidarán jamás.

Este año aprendí a no responder los ataques de los indignos. Quien ataca por despecho no queda bien. Si uno trata de defenderse, se rebaja. Aprendí que la mala vibra siempre le rebota al que la tira. Es la ley del karma. Aprendí que para ser una mala persona cuyos planes perversos tienen éxito hay que tener una inteligencia superior a las personas a las que se busca hundir. Aprendí que esas personas en extremo astutas generalmente existen en las películas, así que las cosas que se hacen por las malas razones, con malos sentimientos, no suelen terminar en victoria. Al menos esa ha sido mi experiencia este año. Lo he visto una y otra vez. Y no ha sido fácil. No es fácil sentir que uno tiene las armas perfectas para destruir al enemigo, y aún así decidir no usarlas, no por pena o compasión con la otra persona, sino por temor a terminar chamuscada con ella en una explosión de dinamita, o embarrada en el estiércol de su alcantarilla.

Pero así como he sido testigo de lo que es la maldad, este año también he estado muy cerca de lo sublime. Ser madre no es algo que sucede todos los años y quizás no me volverá a suceder, así que por eso lo recuerdo con absoluto éxtasis. Dar a luz y sentir que con eso había ganado una pequeña o gran batalla, mirar a esa criatura que estuvo dentro de mí y que mira todo a su alrededor con ojitos inocentes, como si no supiera dónde está ni por qué vino, qué ocurrió antes de que ella estuviera aquí. Por alguna razón vi y sigo viendo en esa mirada perdón hacia los indignos y entonces siento que tengo mucho que aprender aún. Que esa criatura de facciones preciosas me va a enseñar aún más cosas sobre la vida y entonces es inevitable pensar que valió la pena el esfuerzo.

Nada es fácil. Todo tiene su cuota de sufrimiento. Y sospecho que las personas necesitamos de esos pequeños malos ratos para darnos cuenta de aquello que debemos valorar. No solo en el terreno familiar. En cuanto a los libros creo que me ayudó el escándalo de mi primera novela. Me fue útil para darme cuenta de que quiero seguir por ese camino. Cuando algo me resulta difícil se torna más atractivo, siempre he sentido eso. Si hay gente que duda de mí, pues habrá que escribir más para despertar su curiosidad por la chica de mirada perdida que está aprendiendo a hablar en público. Lo he escrito antes y lo seguiré escribiendo. La mejor manera de responder a los detractores es no desmayar en hacer eso en lo que uno cree.

Sentada en mi escritorio con las cortinas cerradas y tapones en los oídos, dos botellas de agua y un paquete de granola a medio abrir, me digo que este año lo recordaré como uno de los mejores de mi vida. Estará siempre en mi cabeza esa ciudad que recorrí a pie con música en los oídos y ansias de publicar. Como si con cada paso tratara de convencerme a mí misma de que esa sí podía ser una ciudad literaria, porque me llevó a escribir dos novelas y eso no es poca tinta o poco esfuerzo. Recordaré las noches corriendo sola en el malecón, imaginando historias, mirando el mar. Dejándome el pelo largo y suelto y grabando videos con mis amigas. Videos que ahora veo sin volumen y me río al ver mi cara y mis nervios y mi mirada adolescente. Me recordaré haciéndome muchas pruebas de embarazo, riéndome de mí misma, celebrándolo en silencio. Diciéndoselo a mi madre, escondiéndoselo a mi padre. Aguantando las náuseas en la mesa. Publicando la segunda novela. Dando entrevistas. Tomando un avión. Yendo al campeonato de tenis de la isla con una barriga que estaba a punto de estallar. Sintiendo las contracciones de madrugada. Viendo su cara por primera vez.

Perdón por el optimismo, pero creo que este ha sido un buen año. Siento que estoy en el lugar en donde debo estar.