Expectativas vs. Realidad

Expectativas: Tengo dieciséis. Voy camino a casa de mi ex. Su madre y su hermano han viajado el fin de semana. Me voy a quedar a dormir. Es mi primera vez. Imagino la escena: besos, caricias, placer. Me voy a sentir una mujer.

Realidad: Entro en pánico. Quiero echarme atrás. No puedo. Me hago la dormida. Él me lleva a la ducha. Insiste, presiona. Siento dolor. Cero placer. Me siento una niña que no sabe lo que quiere.

Expectativas: Mi ex y yo llevamos cuatro años de relación. Lo amo. Siento que me voy a casar con él. Imagino la boda. Imagino mis hijos. Imagino los paseos familiares.
Realidad: Descubro que me miente. Que me engaña con otras mujeres. Termino con él. Mi ilusión se desvanece. Veo cómo lo que habíamos construido va cayendo como dominó. Juro nunca más volver a amar. Nunca más pensar en casarme, ni tener hijos ni nada de esas cursilerías.

Expectativas: He conocido a un hombre mucho mayor que yo. Algunas noches nos escribimos hasta tarde. Es evidente que hay química. No pasa nada, me digo. Somos solo amigos. Vamos a ser siempre eso. Solo eso. Nada más.
Realidad: Salimos una, dos veces. Volvemos a vernos en la noche. Me invita a su cuarto de hotel. Nos echamos en la cama. Conversamos. Nos besamos. Tenemos sexo.

Expectativas: Es enero del 2009. Tengo diecinueve. Estoy en Miami. Él va a venir a buscarme. No puedes tener sexo con él, me digo. Necesito saber que soy solo su amiga. Solo así voy a sentir que lo nuestro está a salvo. Que las cosas no se van a torcer como se torcieron con mi ex.
Realidad: Entramos a un bar. Compramos sánguches. Bajamos a ver el mar. Caminamos por la orilla y le tiramos pan a las gaviotas. Vamos a un hotel. Volvemos a hacer el amor. Me gusta y no lo puedo evitar.

Expectativas: Es Julio del 2010. Estoy escribiendo mi segunda novela. Escribo de doce a seis todos los días. Es miércoles. Voy a la cama. Mi plan es dormir. No contestar el celular a nadie. Solo dormir
Realidad: Es la una de la mañana. Suena mi celular. Contesto. Es él. Me dice ¿Puedo subir? Conversamos. Escuchamos música. Fumamos marihuana. Hacemos el amor.

Expectativas: No me viene. Ya vendrá. Es solo cuestión de esperar.
Realidad: Estoy embarazada.

Expectativas: Vamos a vivir en Lima. Vamos a vivir separados. Cada uno en su casa. El bebé, que será hombre y se llamará James, nacerá en Lima.
Realidad: Lo contratan en Miami. El bebé no es hombre sino mujer y se llamará Zoe. Queremos estar juntos. Nos mudamos a Miami.

Expectativas: Okay, vamos a vivir juntos. Disfrutamos pasar tiempo juntos, pero no nos queremos casar. Mucho trámite. Mucha flojera. Me da pánico que sea el matrimonio lo que arruine nuestro amor.
Realidad: La estamos pasando mejor de lo que creemos. Queremos lo mejor para ella. La mejor de las bienvenidas. Vamos a la corte de Miami. Entendemos que somos ante todo amigos. Nos casamos.

Expectativas: Sentir las contracciones. Que el trabajo de parto llegue en la tarde, o en la noche. Darme una ducha antes de salir. Alistar un maletín con mi ropa y la de la bebe. Llegar al hospital. Pedir epidural. Pujar, pujar. Ver a Judas en paños menores. Entender que es un proceso natural. Dar a luz por parto natural.
Realidad: Me agarran las contracciones de madrugada. No puedo respirar. Ha salido un poco de sangre y no sé si es normal. Me asusto. Lo despierto. Corremos a la clínica. No tengo tiempo ni de sacar un abrigo. Llegando pido la epidural. Me la ponen, pero no dilato. Pasan las horas. Sigo sin dilatar. Me hacen cesárea.

Expectativas: Quiero dar de lactar. Sé que es difícil. No importa cuánto tenga que luchar. Me voy a poner a la bebe en el pecho el tiempo que la tenga que poner. Y va a salir leche. No hay nada mejor que la leche materna. Es lo mejor para ella y para mí. Es parte del proceso natural.
Realidad: No puedo. Simplemente no puedo. Estoy en la clínica. Pongo a la bebe y ella no succiona. Luego de unas horas succiona, pero no sale leche. Insisto un día. Insisto dos. Insisto una semana. Insisto dos. Cada toma se convierte en una explosión de llantos. Ella suda, llora, me patea la cicatriz de la cesárea. Yo sudo, lloro, me retuerzo de dolor. Desisto. Empiezo a darle leche en fórmula.

Expectativas: No quiero tener nanas. Quiero criar a mi hija sola. Estar con ella siempre. Dormir con ella. La meteré en mi cama y, como le doy pecho, no voy a tener que levantarme de la cama a hacer biberones ni a sacarle los gases. Voy a llevarla a todas partes conmigo. No tiene por qué llorar si está bien atendida, si sabe que está con su madre.
Realidad: No duerme conmigo. No puedo darle pecho. No duerme de corrido. A ratos llora. Simplemente llora y yo no sé por qué. A duras penas puedo pararme de la cama. El dolor de la cesárea es mortal. Al mes llego a una conclusión: la amo, pero por momentos necesito un respiro. Salir al cine. Salir a respirar. Sentir que también tengo una vida. Contratamos una nana.

Expectativas: Voy a dormir siempre sola. Si no puedo dormir con mi hija, dormiré sola. Aunque esté enamorada. Aunque esté casada. Mi privacidad es importante. Mi almohada no la comparto con nadie. Tengo mi cuarto con balcón. Mi cama queen con edredón de plumas. Lo amo, pero necesito dormir sola.
Realidad: Hace dos meses que mi cama está vacía. Ya nunca me echo salvo una que otra vez a escribir. Ahora duermo con él y curiosamente dormimos bien. No nos abrazamos ni nos acurrucamos uno detrás del otro, pero dormimos uno al lado del otro, como dos líneas paralelas, que a veces desafían las reglas de la geometría y se tocan un poco.

Expectativas: Es sábado por la noche. La bebe duerme y queremos salir a tomar algo. Vamos a Miami Beach. Vamos a tomar un trago y regresar rápido.
Realidad: Tomamos más de un trago. Vamos de bar en bar. Caminando, conversando. Mirando a los demás bailar. Nos detenemos en un bar cubano. Pedimos sánguches. Los individuales son mapas de la Florida. Él saca su lapicero azul y hace circulitos en lugares que nos llaman la atención. Por ejemplo hace un circulito en “Punta Gorda”, nombre que se presta a interpretaciones graciosas. Luego hace otro en “Hollywood”, un barrio cerca a Fort Lauderdale al que fuimos a comienzos del 2009. Hace una carita feliz al lado en referencia a la tarde en que, mirando el mar y alimentando a las gaviotas, decidimos en silencio que algún día, si no nos hacíamos grandes expectativas, a lo mejor se cumpliría nuestro sueño de tener un hijo juntos.