No arroches, pues

Hacele caso a Salgán
no te metás en el lío
(Hacele caso – Kevin Johansen)

Tengo tres años. Voy al Nido “Monteflor”. Un buen (o mal) día nos piden que vayamos todos disfrazados de monitos. Yo llego disfrazada de Hawaiana. No sé si mi mamá no leyó bien la circular o ese día se fumó algo. La cosa es que de pronto estoy de Hawaiana en medio de una manada de monos que me miran con cara de: eres rara. Una profesora se apiada de mí y me confecciona unas orejas de cartón. No puedo aguantar la vergüenza y, una vez que termina la actuación, me echo a llorar.

Segundo percance con los disfraces. Estoy en el colegio. Primaria, por supuesto. Nos piden ir disfrazados de ángeles. El disfraz consiste en una túnica rosada y dos alas hechas con papel dorado. Mamá trabaja y no tiene tiempo de comprar las alas, así que una noche antes, se sienta con la empleada en la mesa de la cocina e improvisa unas alas angelicales. Grande fue mi sorpresa al día siguiente al descubrir que mis alas no eran doradas como las de las demás niñas sino plateadas, con lo cual terminé pareciéndome más a una mosca que a un ángel.

Estoy de vacaciones. Es verano. Tengo ocho años y ya me di mi primer beso. Es Daniel. El chico del 801. Tres pisos arriba mío. Patinamos juntos en el estacionamiento del edificio. Es uno de los veranos más felices hasta entonces. Todos los días Daniel baja a buscarme. Toca el timbre y yo salgo. Un día estoy en la sala con mi abuela. Estoy inquieta porque sé que él va a bajar. Suena el timbre. Mi abuela se para antes que yo y cuando ve que es un niño que quiere conmigo, lo bota a los gritos. “No vuelvas más”, le grita. En efecto, nunca más volvió a buscarme.

Primero de media. Épocas de confusión. Estoy en clases de química. No puedo dejar de pensar en ella. Abro un libro y encuentro entre las páginas una flor seca y linda. Bajo a la sala de profesores y se la regalo. Ella me mira sorprendida. Sonríe. Luego mira al costado y algo se nubla en su mirada. Se tuerce su sonrisa. Volteo y veo al director mirándonos. Me hago la loca y me voy. Ya sabe que soy un bicho raro.

Estoy en mi cuarto. Estoy bailando. Estoy feliz. Son las épocas de baile a escondidas. Salto sobre la alfombra y doy giros. Levanto los brazos. Sonrío. Mi papá entra al cuarto. Me mira con una media sonrisa y el ceño fruncido. La vergüenza me congela. Me quedo paralizada, con un brazo aún en el aire.

Colegio otra vez. Estamos jugando policías y ladrones. Me toca ser policía, debo atrapar a los ladrones. Me pongo a corretear a mis amigos y amigas. Me jacto de mi rapidez. He metido a casi todos a “la cárcel”. Solo me falta atrapar a uno más. Es uno de los niños más rápidos. Corro detrás de él. Todos miran. Estoy a punto de agarrarlo. Él hace un giro y yo me voy, literalmente, de cara contra el suelo. Se me rompe el jean en las rodillas y me mancho el pecho con tierra. Sexy.

Tengo quince. Estoy en el mar. Estoy corriendo olas. Estoy en clases de tabla. Estoy enamorada del profesor. Es algo mayor que yo. Tiene veintitantos. Siempre quiero impresionarlo. Corro las olas más grandes. Viene la racha. Vienen olas cada vez más grandes. Todos se quedan en la orilla. Sólo estamos él y yo. Viene una ola realmente grande. Tiro la tabla y la paso por abajo. Siento el remezón. Cuando salgo él me mira con una media sonrisa. Me dice ¿estás bien? Y yo sí, sí. Él agarra la siguiente ola y se va hasta la orilla. Miro a mi alrededor y no hay nadie. Floto un rato más y cuando me miro, me doy cuenta de que tengo un pecho afuera. Al aire. Al desnudo. Al natural.

Tengo diecisiete. Estoy en casa de una de mis mejores amigas. Mi ex ha terminado conmigo. Tengo el corazón roto. Estoy dolida. Más de la cuenta. Más de lo recomendable por el amor propio. Vienen algunas otras amigas y nos emborrachamos. Tomamos tequila. Es mi primera borrachera. Termino llorando. Rodando por el suelo y arañando las paredes. Mis amigas hacen el ridículo de otras formas. Cada quien arrocha a su manera.

Sospecho que me miente. Me hago pasar por una chica equis. Lo cito en un casino. Cuando nos encontramos armo una escena de telenovela mexicana. Lo grito, lo empujo, saco de mi bolsillo sus cartas y se las rompo en la cara. Las hago añicos y se las tiro como pica-pica. Todos a mi alrededor miran la escena espantados.

Tengo diecinueve. Hemos terminado. Esta vez para siempre. Debo hacerme un chequeo ginecológico. Mi madre quiere acompañarme. Le digo que prefiero ir sola. Hay cosas que prefiero que no se entere. Se impone. No la logro convencer. Al terminar, el doctor me recomienda un método anticonceptivo. Asiento con la mirada, me pongo roja. Una vez en el carro, mi madre me pregunta por qué el doctor habló de método anticonceptivo. Le digo que no soy virgen. Se entristece. Me mira con decepción.

Me encuentro con Daniel en el ascensor. Recordamos los años en que patinábamos juntos. Me dice: un día de estos te toco el timbre para vernos. Antes de salir del ascensor, sin reparar en mis palabras, le digo: claro, tócame cuando quieras.

Estoy en casa de Inés. Hemos fumado marihuana. Salgo del cuarto y voy a la cocina cantando I shot the sheriff… Ni bien entro me topo cara a cara con el papá de mi amiga. Me mira extrañado. Advierte mi sospechosa alegría.

Tengo veintiuno. Hace una semana he salido por primera vez en televisión. Prendo la tele y veo que están pasando en un noticiero mi video de prom. Veo mis muecas y maromas de adolescente tonta queriendo llamar la atención. Las veo una y otra vez en cámara lenta.

Tengo veintidós. Estoy en la presentación de mi segunda novela. Estoy por empezar a leer. Mala decisión. Ni bien comienzo suena la radio de un señor del público de la primera fila. No lo apaga. Lo deja sonar. Me distraigo. Tartamudeo. Tropiezo con cada línea. Nunca más vuelvo a leer en público.

Estoy en la clínica. Voy a dar a luz. Me han puesto la epidural. Él ha salido un momento. Entran tres enfermeras. Me toman la presión y mueven algo en la máquina a la que estoy conectada. Alguien suelta un gas. Miro mal a las enfermeras. “Viejas pedorras”, pienso. Una de ellas me mira con compasión y dice en inglés: No te preocupes, todos lo hacemos. Entonces comprendo que la de los pedos soy yo, solo que la anestesia no me permite notarlo.

Estoy en un bar de Miami. Pido un mojito. Estoy casada y soy mamá. Me piden ID. Les digo que no tengo, pues dejé mi cartera en la casa. Él me mira y se ríe. Menuda escena adolescente.