Ya fue

It started out with a kiss
How did it end up like this
It was only a kiss,
It was only a kiss
(Mr. Brightside – The Killers)

Ya no juergueo. Ya no voy a fiestas. Ya no tomo vino. Ya no fumo marihuana (adelante moralistas, línchenme). Ya no tomo cerveza. Cosmopolitans. Mojitos. Margaritas. Margaritas Presidente, Vicepresidente, Candidato a la Presidencia, etc, etc, etc.

Ya no soy soltera. Sin embargo no siento que me haya casado. Soy una mujer felizmente casada, pero mi estatus en el DNI y en mi cabeza sigue apareciendo la “S” de soltera. Mejor así. Menos presiones. Menos estrés.

Ya no como carne. No soy vegetariana, pero ahora prefiero mil veces el pescado. Todos los días como pescado al vapor con ensalada. De vez en cuando una pasta. No sé por qué, desde que quedé embarazada he alejado la carne de mi dieta diaria. Pescado con ensalada sería de momento mi plato preferido. Antes vivía contando las calorías que comía, pendiente de asuntos de nutrición; que el jugo de naranja esté recién exprimido (porque si no se le van las vitaminas), que los ocho vasos de agua diarios, que nada de fruta después de las seis. Trataba de hacer más ejercicio si comía de más, leía artículos en Internet sobre nutrición.

Ahora que me preocupo menos me va mejor. He desterrado las carnes rojas de mi vida y parece haber funcionado: me veo más delgada que antes de quedar embarazada, mis digestiones son más rápidas y menos pesadas, y sobre todo, me siento más saludable y liviana. Adiós carne.

Ya no salgo a correr. Ahora camino. Antes, en mis épocas de loca extraviada, salía a correr todas las noches por el malecón de Miraflores. Empezaba a la altura del Parque del Amor (que curiosamente estaba al lado del puente Villena, usado por muchas personas como trampolín al más allá, cosa que siempre me llamó la atención, porque da la impresión de que una cosa llevara a la otra, que hubiese ahí una relación causa – efecto entre el amor y el suicidio), y me iba, por la vereda más cercana al mar, hasta un poco más allá del club de Tenis, a ese parque caleta, donde hay un tobogán en forma de dragón en el medio. Me sentaba en un muro y miraba el mar y las estrellas con total impaciencia. Como si supiera o presintiera que algo grande estuviese por venir. Como si esperase que una ola trepase la Costa Verde y me tragase de un bocado. Allí, en buzo, con mis zapatillas grises y mi polo verde y mi cola de caballo y mi Ipod negro, me convencí a mí misma de que yo podía ser una escritora. Reviví mis más ardientes travesuras y busqué calma y sosiego cuando la tormenta seca de mi vida soplaba fuerte y pensé que ya todo estaba perdido.

Ahora es distinto, ahora todas las noches camino por la calle más larga y tranquila de la isla. No tengo necesidad de correr. Voy con calma y con la sensación de que mi vida se ha reacomodado, que todo está de nuevo en su lugar.

Ya no me hago fotos. Mejor dicho, ahora las hago yo. Antes me gustaba que me las tomaran a mí, ahora no veo las horas de que llegue mi cámara de Lima para seguir con el proyecto de fotografía que comencé cuando estaba embarazada. Quizá salga algo bueno de ahí. De momento la foto que puse arriba la tomé yo. Por algo se empieza. Ya cuando aprenda a usar Photoshop seré de temer.

Ya no me saco conejos de la espalda. Ahora prefiero hacerme masajes. Antes le pedía a Sonia, la chica que trabaja en casa de mis padres, que me apretara la espalda hasta que sonara “clac” cada vértebra de mi columna. Dicen que hace daño, pero a mi me encantaba. Ahora soy más suave (al menos conmigo misma), y voy a que me den unos masajes espectaculares en la parte baja de la espalda (que es donde más dolor tengo) y en las manos (que es donde más me gusta, no sé por qué, justo en la palma de las manos, las llamo “mis estigmas”). Babeo literalmente el suelo porque como estoy echada boca abajo y con la cara metida en esa almohada en forma de donut, mis fluidos salivales se descuelgan como un yo-yo hasta tocar el suelo.

Ya no tengo este apuro que tenía antes por publicar seguido. Por escribir día y noche como poseída a punta de café y cervezas. Terminar novelas como quien toma una foto. Por suerte ya no tengo ese apuro. Ambas inquietudes artísticas, si se les puede decir así a mis libros y mis fotos (alguien tiene que ponerle nombre a las cosas), requieren tiempos distintos. Ya escribí esas dos novelas que tenía que escribir. Ya espanté esos dos fantasmas. Ahora viene la tercera, o el tercero. Habrá tiempo para capturarlo. Vamos con calma

Ya no le tengo miedo a las lagartijas. Anoche encontré una en mi cuarto (es inevitable cuando uno vive en una isla), y aunque era pequeña y me hizo temblar, logré sacarla al balcón, asustándola con un pedazo de papel higiénico, moviendo mueble por mueble, adorno por adorno, con Zoe y Tere, la nana, haciéndome barra desde la puerta del cuarto (y de paso Zoe mirándome con cara de: qué inútil eres mamá).

Me di cuenta de que la lagartija estaba tan asustada de mí como yo de ella y no tenía sentido esperar a que él llegara de la televisión para matarla. Por otro lado, no tenía sentido matarla cuando ya era evidente que ella estaba desorientada y quería salir de mi cuarto con las mismas ganas con las que yo quería botarla de allí. Sentí que la próxima vez no iba a ser tan dramática la escena. Sentí pena por ella y me prometí no matar nunca una lagartija.

Ya no duermo sola. Ahora hay alguien a mi lado. Dormimos como dos osos invernando. Haciendo sonidos poco románticos y poco convenientes para esta luna de miel que no parece haber terminado aún. Cuando vivía en Lima y no estaba embarazada, dormía sola con la puerta del departamento sin seguro, como si inconscientemente buscara compañía. Recuerdo una noche que se había ido la luz y yo estaba durmiendo sobre la cama cuando vi, en un breve momento que abrí un ojo, a alguien parado, bajo el marco de la puerta de mi cuarto. Grité una o dos lisuras hasta que me di cuenta de que era él, que había venido a verme y dormir conmigo. Ahora él está a mi lado y digamos que la idea es que sigamos durmiendo juntos sin que yo vuelva a quedar embarazada en un descuido o travesura de madrugada.

Ya no me siento tan perdida. Podría decirse que ahora soy más feliz. Lo cual no significa necesariamente que sea una buena persona. Pero me alegra considerablemente el hecho de haber tenido una hija tan linda como Zoe. Siento que es una de las mejores cosas que he hecho en toda mi vida.