Huyamos

Mr. Jones and me tell each other fairy tales
Stare at the beautiful women
«She’s looking at you. Ah, no, no, she’s looking at me.»

Es sábado. Estamos solos los tres. Vemos el fútbol. Comemos juntos. Nos hacemos fotos. Salimos al jardín. Nos echamos en las tumbonas. Metemos los pies a la piscina. Miramos el sol.

Luego entramos a la casa y llega el caos. Ella llora y nosotros no sabemos por qué. Probablemente ella tampoco lo sepa. El caso es que no deja de llorar y eso a nosotros nos tiene haciendo todo tipo de peripecias, porque siendo nuestra hija nos duele que llore así.

Hace con nosotros lo que no logra hacer con las nanas: nos manipula y nosotros lo sabemos bien. Aún así cedemos a sus gritos y caprichos.

El problema es que después de dos horas de llanto  a uno se le comienzan a crispar los nervios y el día, o la tarde, comienza a verse algo más sombría.

Él y yo nos miramos a los ojos. Sabemos que en unas horas llega la nana y solo entonces huiremos como dos liebres acechadas por un león.

Después de incontables cambios de pañal, de litros de agua de anís, distintas formas de gases, más cambios de pañal, manchas de caca en mis manos, vómitos en su hombro y su pantalón, leche en el piso y en la mesa, baños de tina comunales, más baños en ducha (y pelea para vestirla luego), él y yo comenzamos a pensar que lo prudente ahora es que me ponga el DIU cuanto antes, él se haga la vasectomía, o me anime a desafiar la medicina y decida ligarme las trompas con grapas de metal.

En esas horas, el único momento de paz que logramos conseguir es cuando él se mete con ella a la ducha. Se paran ambos bajo el chorro de agua y ella tira su cabecita para atrás para mojarse más la cabeza. Yo espero afuera con la toalla en las manos. Él me mira y sonríe y por un momento todo parece menos caótico.

Luego la sacamos y otra vez comienza el concierto de llantos y oh no, pensamos. Hemos probado de todo. Ya no sabemos qué hacer.

Finalmente cuando llega la nana es como si hubiese llegado el Mesías. La miramos con luz en los ojos y ella nos sonríe de vuelta, quizás porque le da gusto vernos, quizá porque en el fondo cree que somos unos completos inútiles con estas cosas de bebés.

No sabemos. Lo único que tenemos claro es que debemos huir. No queremos- no podemos- escuchar un llanto más.

Nos subimos al carro y apenas ambas puertas están cerradas, respiramos hondo y disfrutamos el silencio como nunca antes en nuestras vidas. Él enciende el motor y nos vamos. Manejamos sin rumbo, o rumbo al norte, o rumbo a algún lugar donde no haya niños llorando, donde no tengamos una hija que, sin quererlo, nos rompe el corazón con sus llantos y quejidos.

Estamos juntos. Eso es lo que cuenta, me digo mientras cruzamos el puente para salir de la isla. Muchas parejas se terminan jalando de los pelos en este tipo de situaciones.
Llegamos a Miami Beach. Cuadramos. Caminamos al cine. Por ser sábado hay una cola enorme. No nos importa. Queremos ver una película. No importa si es mala, de niños o de terror. Lo que queremos es zafar.

Mientras hacemos la cola pasa un señor en bicicleta ofreciendo entradas gratis por una donación de sangre. ¡Salva una vida!, termina diciendo el tipo, y él y yo nos miramos como diciendo: estamos intentando salvar la nuestra, no necesitamos que nos pinchen, gracias. No necesitamos ni queremos que nos pinchen, mucho menos yo, que ya tuve suficiente con las agujas de la clínica.

Entramos a ver una película con matices de hechos históricos, reales. No es ni buena ni mala, pero al menos es una película. Estoy rodeada de gente adulta, estoy a oscuras y en silencio.

Miro la cara levemente iluminada e hipnotizada de quienes han ido a la función de las diez de la noche, de quienes están a mi lado, y pienso en que no hay ninguna otra tarea en el mundo que sea comparable con ser padre. Porque yo no creo en eso de “yo crié a mi sobrino”, o “yo cuidé a mi hermanito como si fuera mi hijo”. No, no y no. Una madre es una madre. Un padre es un padre. El que no lo vive no lo entiende y no importa qué tan bien o mal haga uno el trabajo, el esfuerzo que uno pone para que esa vida siga en pie, incluso para que fuera creada, es invalorable. Es recién cuando uno es madre o padre cuando uno entiende lo que nuestros padres hicieron por uno.

Quizá ella nunca entienda cuánto hicimos o dejamos de hacer por ella. Quizá nunca sepa que fue ella una de las razones por las que él postergó, quizá para siempre, su candidatura a la presidencia. Porque “ser padre es siempre más genial que ser candidato”. Y quizás no sepa nunca tampoco los amigos y proyectos literarios que dejé de lado por un tiempo, quizá para siempre, para venir a Miami y darle la vida que le estamos dando: Una vida de princesa. La vida que, a pesar de sus gritos y nuestros nervios, sabemos que ella merece.

Salimos del cine, ya algo más relajados y vamos a un restaurante japonés. Él pide una cerveza y yo un mojito. Es una noche especial.

Mientras tomamos, miramos a las chicas de la barra y hablamos maldades y, por si me habían quedado dudas, confirmo que él es ese espíritu libertino que yo también soy. Que al igual que yo, es un constante jugador de ajedrez, un estratega por naturaleza, un guerrero de los que ya no cree en nadie ni en nada.

Ya vamos un mes en la feliz batalla y seguimos en pie. Este es un combate que no estamos dispuestos a perder. La trinchera está construida. Hemos dejado mucho para llegar aquí y, pase lo que pase, no vamos de retroceder.