Recién llegada de la Luna

Despierto con dolores en el vientre. Sin aire. Me estallan las costillas. Me paro de la cama. Camino al baño. Me levanto el polo y miro mi barriga en el espejo.

Lo despierto. Le digo ya es hora. Nos subimos a la camioneta. Vamos a la clínica. Es de madrugada. Aún es de noche. La isla parece más vacía que de costumbre.

Dos centímetros de dilatación. Me dicen que me quede en el hospital. Entran y salen enfermeras del cuarto. Llevan y traen cosas. Me dan una bata. Ponen mi ropa y zapatos en una bolsa transparente. Él está a mi lado.

Una enfermera haitiana me pincha en diferentes partes del cuerpo. Me conecta a distintas máquinas. Me pincha la mano para ponerme suero. No encuentra la vena. Insiste en buscarla. Le digo me duele. Saca la aguja. Me deja la mano hinchada. Adolorida. Es el dolor más fuerte en lo que va del parto.

Cambian de enfermera. Respiro aliviada. Mi nueva enfermera es más delicada y también está embarazada.

Aumentan las contracciones. Pido epidural. Hacen que él salga un momento de la habitación. Llaman al anestesista. La enfermera me toma por los hombros. Me dice respira, vas a sentir una presión en la espalda. El anestesista bosteza mientras hace su trabajo. No parece ser su primera epidural del día.

No siento mis piernas. No siento nada de la cintura para abajo. Me siento drogada. Me siento bien. Me ponen una sonda. La enfermera me dice: si intentas ponerte de pie, te caerás.

Me dan distintos medicamentos. No sé para qué son, pero dejo que me los pongan. Cada vez que inyectan algo nuevo, mi cuerpo tiembla sin control. Él se asusta. Pregunta si eso es normal. Le dicen que sí.

Viene el doctor. Está en ropa de deporte. Nos cuenta que estaba montando bicicleta y presintió que debía detenerse y mirar su celular. Que vio llamadas del hospital. Que supo que era yo a punto de dar a luz y por eso fue de inmediato al hospital. Celebramos su sexto sentido. Desaparece un momento para cambiarse.

Me quedo un rato mirando el techo. Pasan los minutos. Miro a mi costado. Él sigue a mi lado.

Luego todo se complica. Vuelve a entrar la enfermera. Me pide que me eche de costado. Me dice que el bebé está bajo mucho estrés. Que hay presión en su cabeza. Que mis contracciones no le hacen bien. Al parecer no quiere nacer.

Aparecen más enfermeras. Inyectan más medicamentos. Me ponen oxígeno. No puedo dejar de mirar el monitor de la máquina a la que estoy conectada. Veo dos curvas. La de mis contracciones y la de la frecuencia cardiaca del bebé.

La frecuencia cardiaca del bebé bajan cada vez que yo tengo una contracción. Me estreso. Él se estresa. No me gusta lo que veo en la pantalla. Escondo mi tristeza debajo de la máscara de oxígeno.

Entra el doctor. Me dice que hay que hacer cesárea. Sabe que estoy aterrada. Me dice que será un corte pequeño. Que me tranquilice. Que la bebe estará bien y la cicatriz será casi imperceptible. “Incluso si usas un bikini muy pequeño”. Me da dos palmadas en el hombro y se va.

Sé que estoy en las mejores manos. Pero todo puede pasar. Entran las enfermeras y nos preparan para ir a la sala de operaciones. Me inyectan más medicinas. Los temblores de mi cuerpo no paran. Él está a mi lado. Me agarra la mano. Está vestido con ropa azul de quirófano.

Siento que manipulan mi estómago. Siento que remueven mis órganos. No siento dolor. Hay una tela celeste a la altura de mi pecho. No puedo ver nada de lo que sucede detrás. Siento ansiedad. Ganas de conocerla. El corazón a mil.

Pasan pocos minutos. El corazón me golpea el pecho. Hay silencio en la sala. El doctor me dice: Silvia y yo: qué. ¡Qué! “Debo decirte que tienes muy poca grasa en la barriga”. Sonrío a medias. De pronto escuchamos un llanto. Siento el impulso de pararme. No me puedo mover. Él se para y mira. Yo no puedo mirar. Solo escuchar su llanto y llorar con ella. Es preciosa, me dice él al oído. Es preciosa.

Me dan a la bebe. La miro. Me mira. Nos quedamos en silencio. Él acaricia a la bebe. Estamos orgullosos. Hemos llegado a la primera meta. Lo hemos logrado. Sólo él y yo sabemos cuánto la hemos cuidado. Recordaré ese momento por el resto de mi vida.

Nos hacemos una foto. Nos hacemos miles. Luego me quedo dormida. El efecto de las medicinas termina por fulminarme.

Nos quedamos dos días en el hospital. Al tercero me dan de alta. Hacemos maletas. Firmamos papeles. Queremos salir de ahí cuanto antes. Queremos ir a casa.

Subo las escaleras con dificultad. Todo me cuesta más trabajo. Doy pasos cortos. Las rodillas semi flexionadas. De pronto camino como si tuviera ochenta años.

Entro al baño y me miro al espejo. La última vez que estuve ahí tenía una barriga abultada. Ahora no está. Ahora en mi reflejo hay una cara pálida. Unos labios blancos. Unos pies hinchados. Marcas de pinchazos en todas partes. Sobre todo en los antebrazos. Un vientre adolorido y cortado.

Me levanto el vestido y paso mis dedos por la cicatriz. Dibujo con mis dedos lo que el doctor cortó y dijo que sería una marca imperceptible.

Luego me asomo a la cuna. Él tenía razón. La bebita es preciosa. Me la quedo mirando. Podría mirarla horas. Mientras la veo recuerdo la letra de esa canción que a ella tanto le gusta:

Now that she’s back in the atmosphere/ With drops of Jupiter in her head/ She acts like summer and walks like rain/ Reminds me that there is a time to change/ Since the return from her stay on the moon/ She listens like spring and she talks like June

Tell me, did you sail across the sun/ Did you make it to the milky way to see the lights all faded/ And that heaven is overrated

Tell me, did you fall for a shooting star/ One without a permanent scar/ And did you miss me while you were looking for yourself out there…