Todo comenzó así. Yo tenía la clave de su mail, pero no entraba nunca. Me parecía que era su territorio y yo no debía andar husmeando por ahí, quizás un lado de mí sabía que era territorio minado y que si entraba quizás podía llevarme una no tan grata sorpresa, así que por eso o por sabe Dios qué razón, la cosa es que nunca entraba a su mail. No me metía a revisar sus cosas, punto.

Pero. Siempre hay un pero. Siempre está la excepción. Siempre llega el día. Una tarde estaba aburrida en la computadora y decidí entrar a leer los mails pasionales y cursis que le había escrito en tres años de romance in-interrumpido. No sé, me metí a ver qué onda y hubo una dirección de correo que me llamó la atención. Era algo como hornymatches.com. Hice click, me abrió una página. Me pidió nombre de usuario y contraseña. Puse el nombre de usuario y la contraseña que me figuraban en la página inicial (en la que te dicen “gracias por inscribirse a bla bla bla”) y entré enseguida a una especie de Hi5 (en esa época no estábamos en la era del Facebook), tenía el mismo estilo. Simple. Fotos de perfil. Contactos. Comentarios de amigos.

Me llamó la atención su foto de perfil. Era una en la que salía solo, de cabeza (literalmente), haciendo una postura como de breakdance sobre la barra de una discoteca. Una cosa disforzada sin sentido. Vi sus fotos de perfil y no había ninguna foto conmigo (a diferencia de su Hi5, que estaba repleto de fotos de nosotros juntos). Luego hubo otra cosa que me llamó la atención. A un lado había una pestaña que decía en inglés: Seeking women (Busco mujeres).

Tuve un mal presentimiento. Seguí investigando (ahora sí que estaba con ganas de investigar) y encontré algo que me dejó helada. En una página común, algo parecido a un foro en el cual todos contaban sus intimidades sexuales o dejaban direcciones de correo electrónico en busca de sexo casual, vi un comentario escrito por él que decía: “Estoy hace tres años con mi enamorada y la amo, pero siento que tengo que experimentar con otras mujeres”. Pum.

Cogí el teléfono y lo llamé. La empleada me dijo que estaba durmiendo. Le dije que lo ponga al teléfono, que lo despierte, que era urgente. Lo puso al teléfono. Me contestó con voz de dormido. Le dije, con calma, con mucha calma, lo que había visto y que quería saber si era verdad esa última frase que había leído. Su respuesta me sorprendió. Me dijo que no. Que no sabía de lo que le estaba hablando.

Yo no le estaba reclamando haber abierto esa cuenta a mis espaldas, lo que quería saber era si sentía eso o no. Pero no sólo me lo negó, sino que me trató mal, me gritó:

– ¡Deja de desconfiar! – y me colgó.

Desde entonces ya nada fue igual. Yo no entendía cómo era capaz de negar algo tan evidente, mentirme sobre algo que estaba tan claro. En ese momento me puse paranoica. En efecto, comencé a desconfiar de él. Sentía que todo lo que me decía era mentira. Cuando me decía que se iba a un lugar, yo dudaba. No le decía nada, pero dudaba y sufría en silencio. Sentí que esa complicidad se había roto y seguía resquebrajándose cada vez que, si tocábamos el tema, volvía a negarlo. Pero lo dejé pasar. Me creí su argumento de que estaba haciendo drama por las puras y traté de darle más libertad. No volví a tocar el tema.

Entonces sucedió una segunda cosa que me volvió a mover el piso. Una tarde estaba con Isa y la Gata en casa de Isa, estábamos las tres frente a la compu conversando, riéndonos de todo, postergando alguna tarea de colegio, cuando noté que se miraban entre ellas. Enseguida me dijeron:

– Tenemos algo que decirte.

Se me puso la piel de gallina cuando Isa empezó:

– Mira, fácil no es verdad lo que te vamos a decir, pero es algo que hemos escuchado y de hecho preferimos decírtelo, porque somos tus amigas y…

– Habla

– La semana pasada vieron a Mateo saliendo del Gold’s Spa

Me tomó una hora entender que el Gold’s Spa era un sauna caleta en la avenida Aviación donde iban hombres en busca de masajes, o sea putas. A sabiendas de que mi Mateo no era un chico particularmente fan de los masajes, entendí mejor las cosas.

Me sumergí en un profundo silencio. En ese tipo de silencios en los que suelo zambullirme cuando algo me duele mucho. O cuando estoy en shock. Mis amigas se miraban entre ellas. Veía dolor en sus ojos. Las risas que hace un rato flotaban por la habitación se habían esfumado y de pronto las tres estábamos sentadas una frente a la otra en sillas giratorias, mirando de reojo los dibujos que iban apareciendo en el protector de pantalla de la computadora.

No había razón para pretender tapar el sol con un dedo. La fuente de donde había salido el chisme era confiable, y yo misma había visto, unas semanas atrás, desde el mail de Mateo, las ganas que él tenía de conocer a otras mujeres.

En mi silencio, con mis amigas dándome ánimos a ratos, tratando de hacerme creer que a lo mejor se trataba de un simple chisme maquiavélico que había llegado a ellas, tramé un plan.

Quería verlo. Quería verlo con mis propios ojos.

Llegando a la casa, creé una cuenta de Hotmail. Era algo como fiorella88@… y lo agregué al Messenger.

Me aceptó al toque, poco más de una hora después, a la hora en que él solía conectarse.

Me hice pasar por una chica linda, cool, que probablemente lo había visto poniendo música en alguna discoteca de Lima. Le mandé alguna foto que encontré en el Hi5 de otra chica equis (licencias que te daba esa red al dejar los perfiles abiertos) y le hice una insinuación para vernos esa misma noche. Aceptó encantado de la vida. Me dijo que nos encontráramos en el casino de El Polo (lugar al que solía ir con cierta frecuencia, por lo que no me resultó raro en forma alguna que me citara allí). Acepté encantada de la vida también. Antes de despedirnos le pregunté si tenía novia. Me dijo que sí y luego: “La amo, pero a veces siento que tengo que salir con otras chicas también”.

Quedamos en encontrarnos en el casino de El Polo en una hora.

Cuando nos encontramos, yo dejé de ser Fiorella y él para mi dejó de ser Mateo.