Echada sobre una tumbona mirando las olas de Villa, campanas de casi dos metros que revientan a no demasiados metros de mí, pienso, mientras me llueven sobre la cara pequeñas partículas de agua salada, en aquellos días de mi niñez en los que todavía tenía que someterme a la torturante rutina de levantarme todos los días a las seis y media de la mañana para ir al colegio. Levantarme, cambiarme, tomar desayuno, salir corriendo al colegio.
A esa hora uno está tan adormecido por el sueño que no suele detenerse a razonar. El cuerpo simplemente respeta la rutina, sigue la línea incuestionable de lo que ha venido haciendo durante años de vida escolar.
Sin embargo, recuerdo que un buen día (o un mal día) mis padres decidieron cambiarme de colegio. Entonces toda esa rutina de adormecimiento se vio rota por el desasosiego y la inquietud que me sobrecogían cada mañana al despertar pensando que iría a un nuevo colegio. No poca gente ha pasado por ese trance de dudas y miedos. Ese desconcierto ante lo nuevo, lo distinto, lo desconocido. Las caras nuevas de los profesores y alumnos. El temor a ser rechazado. A no encajar. A que a uno lo miren como si fuera menos que el montón de extraños y a no poder lidiar con los nuevo retos académicos.A medida que mi memoria va retrocediendo en el tiempo y me voy sumergiendo en aquellos recuerdos que están ahí, pero salen solo cuando la ocasión es propicia, otra vez algo en mi pecho se va encogiendo, una pequeña angustia, una ansiedad polvorienta se va levantando (despertando) junto con los demás sentimientos que fueron enterrados al final de esa época, en aquellos tiempos de guerra.
Digo en la guerra, porque por momentos pienso que de veras lo fue. Esas olas gigantes, preciosas, estallando frente a mí, me recuerdan el retumbar de sus pasos por los pasillos del colegio. Ella era el soldado amigo y al mismo tiempo el enemigo cruel. Su mirada era su arma más letal y su cuerpo, junto con su forma moderna y levemente provocadora de vestir, una muralla detrás de la cual muchos alumnos y profesores querían agazaparse. Esa elegancia e indiferencia ante lo que la rodeaba mientras caminaba, como si ella tuviese claro, que ella ahí no era un soldado sino la que comandaba el batallón, la que mandaba sobre todos nosotros. Su maletín marrón, su pelo en peinados que iban variando según su estado de ánimo, el brillo de sus dientes al sonreírle a algún alumno, las manos blancas y lánguidas, las pecas de su pecho, la forma perfecta de sus piernas, la correa delgada del pantalón, los tacos, la paciencia al parecer invencible, eran pequeñas granadas que te iban estallando en la cara si te quedabas mirándola mucho rato.
Mirarla se volvió parte de mi rutina escolar y supongo que eso le sigue ocurriendo a muchos de sus alumnos. Es que al cabo de un tiempo, ya no es posible levantarse, cambiarse y desayunar como un día cualquiera si sabes que unas horas después se te revolverá el estómago, si sabes que el hambre se te puede ir de pronto. Si sabes que la verás desde la puerta de tu salón y no importa cuánto la mires, ella no volteará y posará su mirada sobre ti. Incluso si ella ve que la estás mirando. Incluso si se dirige a tu salón. Incluso si, por algún capricho del destino, descubres cosas de ella que nadie sabe, cosas que ella quiere que nadie sepa.